Siguió riendo Rosicler ante la sorpresa de la moza y su ignorancia en materia de lechos pastoriles. Y como la mujer de la yunta había suspendido su palique con la tía Dolores, apresuróse ésta a explicar a Florinda de buen grado, minuciosa y elocuente, de qué artificio vulgar se componía aquel pobre camastro, que, como en aventuras quijotiles, tomaba Mariflor por un lecho flotante y prodigioso.
—Nada de eso, chacha; viene a ser como especie de pernales, con una tarima; igual que unas trosas, ¿comprendes?... Lo que desde aquí se distingue mejor, ablancazao, que se te figura la vela de un navío, es a manera de tabique para que el rapaz se acuche de la lluvia y de los vientos.
Decía la maragata con firmeza, dando una entonación grata y solemne a la clave de aquel menudo secreto, posando en la muchacha los turbios ojos y la palabra persuasiva, con aire de iniciadora, como quien descubre a un neófito los ritos de un culto. No parecía aquella misma anciana que en el tren conocimos, vacilante y mustia, silenciosa y torpe, asomada a la vida como un espectro de otros siglos.
Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra parece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer.
Florinda escucha absorta, con los ojos cautivos de aquel punto blanco, insurgente y gentil como una vela marina: no otra cosa parece en el horizonte el hinchado cobijo que flota sobre la cama del pastor.
—¿Y duermes ahí todo el año?—le pregunta compadecida.
—Desde que el tiempo abonanza—responde la abuela, mientras el zagal sonríe, orgulloso de merecer las admiraciones de la moza.
Vuelve la obrera del arado a pasar cerca del grupo, afanosa y enfrascada en su labor.
—Aguarda, Felipa—dícele de pronto la tía Dolores—. Voy a dar yo una vuelta; luego tú echas las tornas.