—¡Pero, abuelita!—protesta Mariflor suavemente—. Y ya la abuela, avanzando entre los terrones, blande la aguijada con muy airosa disposición y hace retroceder a la yunta mediante la voz usual:

—¡Tuis... tuis!

Los animales obedecen mansos, y la maragata hunde la «tiva» en el surco, sosteniéndola por la rabera con mano firme: brota un chorro de tierra, débil y roja, en la férrea punta del arado; gime la «gabia», avanza la yunta y queda abierto al sol un pobre camino de pan.

Sigue Felipa con mirada inteligente la estela que el trabajo marca en el suelo. Esta Felipa, ¿cuántos años podrá tener?

—Cuarenta y cinco lo menos, piensa Mariflor, examinándola de reojo. Pero ella siente la mirada curiosa de la niña, vuelve el rostro indefinible, borrado, curtido por los aires y los soles, y al sonreir, complaciente, muestra una dentadura blanca y hermosa, que alumbra como un rayo de luz toda la cara.

—Veintiocho años a lo sumo—corrige entonces la doncella, sorprendida. Y Rosicler, cándido y simple, por decir algo, le pregunta:

—¿Tú no sabes arar?

—No—contesta prontamente la muchacha.

—Ya irás aprendiendo; es muy fácil.

—Mi padre me lo ha prohibido—dice ella estremeciéndose, como si las palabras del pastor fuesen un augurio—. Y a mi abuela también—añade.