Supone el zagal que ha cometido una indiscreción, y deseando borrarla con cualquiera interesante noticia, sale diciendo:
—Ya llegaron mis ovejas a los alcores.
De aquel lado tiende Florinda la mirada, y otra vez se confunde entre la llanura y el celaje, sin distinguir ribazo ni soto alguno: quizá tiene los ojos ensombrecidos por una triste niebla del corazón.
Pero tanto señala Rosicler y con tal exactitud «allí á man riesga del aprisco, una riba que asoma en ras del término», que Mariflor encuentra la remota blancura del rebaño, como nube de plata caída al borde del cielo azul.
—¿Tienes muchas femias?—le pregunta Felipa al pastor.
—Cuasi por mitades; hay otros tantos marones.
Como la abuelita los halla distraídos a los tres, al terminar el surco sigue terciando con mucho brío. Y cuando Mariflor lo advierte y la llama, ya va lejos, salpicada de tierra, con las manos en pugna y el cuerpo encorvado.
—¡Oya, tía Dolores; que la llaman aquí!—vocea el zagal, deseoso de complacer a la niña—. Pero la anciana sólo acude al redondear la vuelta; y luego de hacer a Felipa algunas recomendaciones, dice que ya es hora de seguir el camino hacia la hanegada de Ñanazales: tercian allí también, y quiere dar un vistazo.
—Y a la de Abranadillo, ¿cuándo voy?—interroga la obrera.
—Está el terreno muy cargado; habrá que esperar un poco.