Después de pensarlo mucho, bajo un pliegue pertinaz del entrecejo, responde la anciana:

—Habrá entrado ahora en veintitrés.

—¡Es posible!

—¿Qué te asusta?

—¡Si parece mucho mayor!

—Ya tuvo dos críos.

—¿Luego está casada?

—¡Natural, niña! A su edad casi todas las rapazas se han casado aquí.

—¿Pero con quién, abuela? ¡Si no hay hombres!

—Viene el mozo de cada una, se casa y luego se vuelve a marchar.