A los labios dulces de la muchacha asoma una ingenua observación, mas la contiene, la hace dar un rodeo malicioso, y pregunta con mucha candidez:

—¿No ha vuelto el marido de Felipa desde que se casaron?

—Sí, mujer; ¿no te dije que tienen dos criaturas?... Viene ese, como la mayor parte dellos, para la fiesta Sacramental; ¿cómo habían, si no, de nacer hijos?... ¡Se acabaría el mundo!

Mariflor extiende una mirada angustiosa por los eriales: cruzan ahora las dos mujeres unos campos en barbecho, donde apenas algunas hierbecillas brotan y mueren, baladíes, inútiles, fracasado barrunto de una vegetación miserable: la estepa inundada de luz, calva y mocha, lisa y gris, silente, inmoble, daba la sensación de un mundo fenecido o de un planeta huérfano de la humanidad.

—¡Y este país—pensaba la moza con espanto—es el mundo, «todo el mundo» para la abuela, para Felipa y mi prima Olalla, para cuantas infelices nacieron en Valdecruces!... ¡Y aquí es menester que las mujeres tengan un hijo cada año, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y de los emigrantes!...

La niña maragata no reflexiona en tales pesadumbres sin un poco de ciencia de la vida: conoce países feraces, campos alegres, pueblos felices, libros generosos, sociedades cultas y humanitarias. Sabe que al otro lado de la llanura baldía, de la esclavitud y de la expatriación, hay un verdadero mundo donde el trabajo redime y ennoblece, donde es arte la belleza y el amor es gloria, la piedad ternura, el dolor enseñanza y la naturaleza madre.

Ha estudiado un poquito Florinda Salvadores en el semblante vario de las almas y de las cosas, por su lado bueno y alentador; de las costumbres cultas y de las libertades santas, bajo su aspecto femenino y misericordioso; ha cursado el arte de querer y de sentir, en la escuela del hogar propio, donde la madre de esta niña, inteligente y curiosa, fué maestra en amor y solicitud, y maestra también, por un honrado título, corona de aprovechada mocedad.

Todo lo que sabe Mariflor y aun mucho que adivina, que presiente y que busca por el ancho camino de ilusiones donde la ambición suele perseguir a la felicidad, se le sube ahora a los labios en un ¡ay! trémulo y ansioso.

—¿Estás cansada?—le pregunta solícita la abuela.

—No, señora—balbuce—; voy pensando que son muy tristes estos parajes, tan solos y tan yermos.