—¡Jesús, hija, luego te amilanas! Algunas parcelas que ves, quedan de aramio para el año que viene; no todo es erial.

—¿Y qué quiere decir «aramio»?... No lo entiendo.

—Pues que ya llevó la tierra dos labores; pero es sonce el terreno y no se puede sembrar hasta que descanse.

—Sonce, ¿significa malo?

—Eso mismo. Ya vas aprendiendo la nuestra fabla.

—Algo me enseñó mi padre, que le tenía mucha ley.

—¿Enseñar?... Él lo iba olvidando. ¡Como no casó en el país!

Hay un dejo de amargura en esta observación; pero la vieja, adulciendo al punto sus palabras, dice muy cariñosa:

—Por aquí, todo a la derechera, llegamos pronto a Ñanazales, y en redor verás cuántos bagos con gentes y yuntas; es tierra labrantía. Al otro lado del pueblo ya está madurando la mies.

—¿De trigo?