—No, hija, no: de centeno. Aquí el trigo apenas se da.

—¿Y nunca tenéis pan blanco?

—Nunca—. Y añadió la maragata un poco secamente:—Pero nos gusta lo moreno.

—A mí también—se apresuró a decir, sumisa, Mariflor.

La abuelita ponderó entonces jactanciosa:

—Recogemos, además, cebada, nabos... y en algunos huertos, muestra de trigo.

No pudo la moza menos de suspirar otra vez ante la mención ufana de tan ricas cosechas. Y así andando y discurriendo sobre las simientes y los terrones, los añojales y las «aradas», vió Mariflor oscurecerse la tierra recién movida y destacarse en torno mujeres y yuntas, en grupos solitarios y activos.

—¿Qué hacen, abuela?—preguntó.

—Terciar: es la última labor, por ahora.