—¿Y no hay ningún hombre, ni uno sólo en el pueblo, que ayude a estas cuitadas?

—¡Qué ha de haber, criatura! el que se nos quedase aquí, sería por no valer, por no servir más que para labores animales. Los maragatos—añadió envanecida—son muy listos y se ocupan en otras cosas de más provecho.

—Y las maragatas, ¿por qué no?

—¡Diañe!... ¿Ibamos a andar por el mundo con la casa y los críos? ¿Quién, entonces, trabajaba las tierras?

La joven no se atrevió a contestar, porque en su corazón y en su boca pugnaba, harto violenta, la rebeldía: allí mismo, delante de sus ojos, jadeaban yuntas y mujeres con resuello de máquinas, fatales, impasibles, confundidas con la tierra cruel...

—Ya estamos en Ñanazales—dijo la tía Dolores—. ¿Ves aquellos búis moricos?... Son de casa: la mejor pareja del lugar.

—Y la obrera, ¿quién es?—preguntó la moza en seguida.

—Una que tú no conoces: está para parir.

—¿Y trabaja?

—¡Qué ha de hacer! Así hemos trabajado todas.