Fuese hacia ella la abuelita, diciéndole a Mariflor:

—Mira, ahí tienes un sentajo: quédate a descansar un poco, que voy a ver la traza del terreno.

Y se alejó por la linde menuda, donde la barbechera puso fonje mullida, amortiguadora de los pasos: delante de los bueyes «moricos» una mujer esperaba, limpiando la reja con el gavilán.

Sentóse Florinda en una piedra grande, relieve de majanos divisorios, y como el sol ya calentaba mucho, se subió hasta la frente, suelto y libre, el pañolito que sobre el jubón lucía: así quedó desnuda su garganta, carne fina y trigueña, dorada y dulce como fruto en sazón. Bajo aquella piel sérica y firme, soliviando los corales de la gargantilla roja, estalló un sollozo contenido apenas, y la suave faz mojada en llanto buscó refugio entre las alas del pañuelo.

No sabe Mariflor por qué llora, ni cuál de las amarguras que conoce levanta en su espíritu esta repentina tempestad: añoranzas, acaso, de los padres ausentes en dos mundos distintos y remotos; quizá secretas aspiraciones de la juventud amenazada; imágenes, tal vez, de otra vida feliz que ya es recuerdo; todo junto, apremiante y doloroso, removido por la tristeza infinita del páramo, oprime y sacude el corazón de la niña maragata... ¡Quién sabe si también las piedades y las indignaciones alzan su voz de llanto en aquel pecho altivo y generoso!...

Aunque no comprende Florinda la razón de aquella angustia impetuosa, bien quisiera llorar mucho, sólo por el descanso de su alma, que se lo pide con sordas voces. Pero hace un valiente esfuerzo para tragarse los sollozos, se enjuga las lágrimas y pretende evadirse a todo trance del vehemente dolor cuyo motivo determinado ignora.

Casi duda conseguir este triunfo la muchacha jovial que hace poco reía en Valdecruces con escándalo de la tía Dolores. Y tanto arrecia el ímpetu misterioso de la rebelde cuita, que Mariflor cruza sus manos en actitud devota de plegaria.

—¡Virgen!—prorrumpe—. Seréname como a las aguas turbias de los ríos, como a las olas bravas de los mares...

Al punto un pájaro, escondido entre el barbecho, trasvuela hasta la orilla de la joven, trinando alegremente. Ella le asusta con su propio sobresalto, y el pajarillo vuelve entonces a trasvolar, sin suspender su canción, muy contento de vivir, muy goloso de unas briznas de hierba, casi invisibles, que se asoman cobardes al pedregal del camino.

A milagro le trasciende a Florinda aquella aparición, como si fuera imposible que un ave gorjeara en primavera y habitara feliz en la llanura de Maragatería. Un resorte, enmohecido en la memoria de la triste, se mueve de pronto, avanza, busca, y encuentra estas palabras dulces, que en augusto libro se aprendieron: