Yo soy aquel que tiene cuenta con los pajaricos, y provee a las hormigas, y pinta las flores, y desciende hasta los más viles gusanos...
Como por arte de magia cede la tormenta de lloros y suspiros que descargaba, dura, allí, al violento compás de un corazón, y muéstrase Florinda consolada lo mismo que si el pájaro inocente fuera un mensajero providencial; cuando él, ahora, reclama y ayea en el rastrojo, ella sonríe, sin lágrimas ni quebranto.
Persiguiendo el rumbo de la avecilla dan los ojos de la maragata en un bancal de brezo florido. Ya va a correr para recibirle como otro mensaje del divino Artista, cuando la voz de la abuela la detiene:
—¿Adónde vas, rapaza?
—A coger esas flores—murmura con el acento aún turbado por la reciente borrasca de su espíritu.
Pero la vieja no se fija en ello ni repara tampoco en la lumbre de pasión y delirio que arde en las mejillas de la joven, ni en el cerco encarnado de sus ojos; está la tía Dolores preocupada porque, según dice la obrera, uno de los «moricos» parece triste.
—¿Y ella, la mujer?—dice Florinda muy apremiante.
—¿Cuála?
—Esa que está terciando para ti.
—Pero, ¿qué hablaste della? ¡Estás boba!