—Pero no es aparente «de personal» como Don Adolfo Serrano...
—¿Defiendes a ese tío?—preguntó el muchacho receloso.
—¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da un galán que otro para la señorita... ¡con tal que ella sea feliz!
—Pues a mí no me da lo mismo—sentenció Lecio iracundo—, que los hombres del Encinar no estamos hechos a que nos lleven las novias así como así...
—Pero ésta ¿con quién estaba comprometida?... ¡Chico, no parece sino...!
—Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo con buena estampa y muchos «miles».
—Fidel no es un señor... talmente—dijo con desdeño la muchacha.
—Eso te lo parece a ti... Y, mira, ahí está, también, César Garrido, sabidor como un ciudadano, hombre de estudios y de buenos principios...