—¿De manera que todos la quieren?—preguntó asombrada Isabel.

Y el novio con calor repuso.

—Pues claro, mujer, que todos la queremos.

Entre alarmada y risueña, exclamó la moza:

—¿Tú también?

—¿Yo?—pronunció el muchacho confuso. Se echó la boina a un lado de un manotazo torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no respondiese al fin, Isabel insistió:

—Sí; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta Lecio!...—y se puso muy seria.

Cediendo a una invencible tentación:

—Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?—dijo el galán.

Ella, indignada, le increpó: