—¿Y me lo vienes a contar, bruto?

Pero él quiso satisfacerla.

—Oye, Sabel, y entiende las cosas como son: no te amontones muchacha... Yo la quiero como se quiere a la luna y al lucero del alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti te quiero de otro modo...

Incrédula y encelada, trató la novia de averiguar.

—¿Te casarías con ella?

—¡Mujer!—clamó Lecio—¡ni siquiera lo mientes!

Al mozón se le entró, de pronto, un gran susto en el pecho, y agarróse mareado a la verja de la ventana.

Alarmada le preguntó Isabel:

—¿Qué te pasa, muchacho?

—Nada, hija—respondió vacilante—, que todo se me anda alrededor... que te veo doble...