Estaba muy pálido Fidel, y mirando al Estudiante con profunda admiración, pensaba, receloso, en las posibles consecuencias de aquella hazaña. En vísperas de boda, bien hallado con su dinero y su tranquilidad, le angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto en una acusación de muerte, él, que jamás logró encañonar a un solo pajarillo con su escopeta escandalosa...

Había sentido Julián aquella tarde el espasmo bestial de la venganza, con escalofrío deleitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones de la ruda hostilidad que tantas veces le dominó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba su responsabilidad en la aventura, que arrostraría con el poderoso dominio de la torre de Alcázar y asumiría con nobleza protectora. Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno de lástima y amor. Le harían un entierro precioso al día siguiente, al caer la tarde, pidiéndole otra vez al señor cura las andas de la Virgen, donde la niña desposada anduvo antaño aquel mismo camino en brazos de la ronda...

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, al pasar, las flores silvestres de los setos, en la blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa tañería con un dolor nuevo, nunca igual sentido ni llorado, que dejaría en el Encinar una caricia de las lágrimas siempre viva y suspirante como la mansa corriente de un arroyo... Julián imagina, traspasado de emoción, el gemido de la cancela al derramarse en el atrio parroquial detrás del cuerpo de Ángeles, ya en la vereda del cementerio: imagina el sordo rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayendo implacable sobre el florido ataúd... Un enternecimiento sutil posee al joven; una compasiva pena que le duele como por una hermana chiquitina o por una novia lejana, a la cual en la adolescencia hubiese dulcemente adorado...


XVII

Crece la noche; la tardía luna, brillando apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como si apartase con invisibles manos las trémulas hojas, se asoma al cuarto de Ángeles y la besa en la frente.

El hueco de la triste ventana abre en el muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres rezan, dormitando en un rincón.

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba la reja de su novia, ve un instante a la muchacha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y despacio, llama:

—¿Sabel?