Quiere responder ella, rompe en sollozos, y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo posible para suplicar:
—¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, que aquí estoy yo...
El acento condolido de la muchacha se une a las palabras afanosas del mozo, dejando en el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperanzada y fecunda, allí, a lo largo del camino, donde brotan, húmedas todavía, las sangrientas flores del odio.
Y como ya palidece la luz funeral del cuarto de Ángeles, delante de la aurora, por debajo de aquella ventana que parpadea con tímido resplandor, como un astro moribundo, desfila por última vez, brava y humilde, la ronda de los galanes...
[EL JAYÓN]
I
ROSA DE ZARZA.—EL «JAYÓN».—EL DARDO DE UNA SOSPECHA.—AMANECER...
Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, sin vestirse, apoyándose en el lecho recién abandonado, se puso a mirar con obstinación a los dos nenes que dormían arropados en una escanilla, la humilde cuna montañesa. Eran en todo semejantes: robustos, encarnados, con las cabecitas muy juntas, parecían nacidos a la vez, como esos capullos de las rosas fuertes que se abren en dos botones rojos y ufanos, bajo un mismo rayo de sol.