Fuerte rosa de bizarra hermosura, la madrugadora mujer que contempla a los niños no trasciende a cultivo selecto de jardín: es joven y arrogante, pálida y tranquila, con el encanto agreste y puro de una rosa de zarza. Su belleza, medio desnuda, se estremece al influjo de una sorda inquietud, y, sin embargo, el rostro, impasible y hermético, no delata la obscura turbación.

Con los profundos ojos clavados en la cuna, Marcela revive, una vez más, sus incertidumbres, a partir de la reciente noche en que, dormida con el nene en los brazos, la despertó la voz de su marido.

—¿No oyes?

—No... ¿Qué sucede?

—Escucha...

—Es un niño que llora a la puerta.

—¿Un niño que llora?... ¡Si parece un recental que plañe!

—Pues es un nene pequeñín como el nuestro.

—¿Un jayón, entonces?