—Sin duda.
—Y ¿qué hacemos?
—Abrir y recogerle hasta la mañana.
Andrés se levantó, muy presuroso, y la moza vió al instante, cómo la obscuridad del campo dormido se asomaba al portón abierto frente a la alcoba matrimonial.
Luego el llanto de la abandonada criatura resonó, más apremiante y sensible, dentro del dormitorio.
Incorporada y absorta, Marcela recibió aquel hallazgo lamentable, y le acercó a la luz.
—¡Un niño!—murmuró, cuando entre la ropa, escasa y pobre, aparecieron las carnecitas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el semblante, sereno de pronto, encendido y bobalicón, añadió confusa:
—¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Parecen gemelos!
—Todos los rapaces de esta edad se parecen—repuso Andrés, con una voz tan desusada y trémula, que la esposa levantó hacia él los ojos llenos de sueño y maravilla, y se quedó mirándole de hito en hito.
Pero el mozo bajó los suyos grandes y tristes, volvió la cara, como buscando alguna cosa, y torpemente fué diciendo: