—¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y al amanecer tú darás parte en el Ayuntamiento para que le lleven a la Inclusa.

—¿Después de haberle metido en casa?

—¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, ¿nos obliga a criarle?

—Tú verás...

—¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco?

Con el piadoso instinto de las madres, Marcela había colocado, distraidamente, al niño forastero junto al suyo, y el pobre chiquitín se adormecía al dulce calor de la caridad, mientras la moza, ya bien espabilada, sentía el dardo de una sospecha en el corazón y musitaba con acerbo propósito:

—¡Que le críe la bribona que le echó al mundo!

—¿Bribona?—interrogó el marido, huraño, volviéndose desde la puerta—. ¿Qué sabes tú?

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el acento alarmado de la joven:

—¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú estabas despierto esperando al jayón; tú tienes preparadas las respuestas a lo que yo te digo sorprendida; tú quieres que guardemos con nosotros a este niño, y disculpas a su madre, que bien puede ser...