—¿Quién ibas a decir?

Esa... ¡Irene!

Pálido como un difunto, violento de pronto, avanzó el marido hacia la cama, y Marcela, después de mirarle fijamente en los ojos amenazadores, toda estremecida se echó a llorar.

Cuando él pudo separar las manos de la joven y descubrirle el rostro, ya se mostraba sumiso y afable aunque le temblaba mucho la voz.

—No llores, mujer. No sabes lo que dices ni lo que piensas—murmuró, acariciándole el sedoso cabello sobre la frente.

Ella, confiándose con mayor abandono a la repentina zozobra, repuso:

—Sí lo sé: pienso y digo la verdad. Este niño es de Irene... Hace tiempo que no sale de casa y todo el mundo asegura que su madre la esconde...: no puede ser de otra en el pueblo.

—Y aunque así fuese; una moza honrada no es extraño que quiera ocultar un desliz.

—¿Un desliz?... Eso nada me importaría.

—Pues, ¿qué te importa?