Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, sentado en el borde de la cama, parecía haber recobrado la serenidad, y al cabo Marcela expresó con gran timidez:

—Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá la quieras aún!... No se le han conocido «desde entonces» amoríos ni rondador...

—Y todo eso, ¿qué?

—El niño se parece a ti.

—¡Marcela!

—Es igual que el nuestro... ¡Mírale!

Intentó descubrir al intruso, pero el marido extendió la mano sobre él con un movimiento de alarma.

—¡Déjale; se va a despertar!—pronunció con angustia, otra vez perdido el aplomo. Y luego de callar un instante bajo la mirada inquisitiva y llorosa de su mujer, hizo un esfuerzo para decir:

—Oye, Marcela... No te negaré que quise a Irene; pero te quise a ti más y la dejé por ti... Nada tengo que ver con su vida ni con su honra, y nada sabía esta noche del jayón. Cuando le sentí a la puerta pensé que balitaba un corderín, ¡ya ves!... Tú dijiste: «Es un niño que llora», ¿te acuerdas?