—Sí hombre, como que eso acaba de pasar, ¿no he de acordarme?—replicó la muchacha con despecho ante aquellas razones pueriles.

Pero él, evitando otras de más fuste, con mucha lagotería, siguió hablando.

—Bastante hemos aguardado al primer hijo, si ahora tenemos dos, recogiendo a este infeliz, bien los podemos criar.

—¿Y por qué? ¡dime!—exclamó la moza casi airada, secos ya los ojos y resplandecientes en la media obscuridad del aposento.

Andrés contestó, siempre evasivo:

—Porque tenemos harta cosecha y lucios ganados; porque tú eres caritativa como una santa...

Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto ya de pie con definitiva resolución, agotadas las últimas palabras que se le ocurrían, le dió un abrazo y le susurró al oído:

—¡Porque así te querré más y seremos más felices!

Ya salía de la alcoba dejando a su mujer pálida y muda cuando se volvió a ella para añadir: