—¡Y no me hables nunca de Irene!...

Después de unas horas de insomnio y estupor, vió Marcela clarear las primeras luces del amanecer y oyó, como de costumbre, salir a su marido con el ganado por la cambera arriba, camino del ansar.

En la torre de la parroquia sonaron unas campanadas tranquilas, y al blando tañer respondieron en los corrales la fanfarria de los gallos y el repique de las abarcas; en los nidos, el revuelo de las plumas; en el aire, los rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera y fuerte, a posarse en la aldea, como si en la escanilla de Serafín no durmiese con él un niño extraño, y Marcela no velase aquel misterio transida de inquietud...


II
EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA.—LA SOMBRA DE UNA MUJER.—LA SEÑAL DE LA CRUZ.

No ha pasado todavía un mes y ya el sueño del intruso en aquella cuna tiene los caracteres de una cosa normal. Ya en el pueblo no se habla del último jayón, el niño hallado en la reciente noche a la puerta hospitalaria de Andrés. Aunque recayeron sobre Irene las sospechas de aquel abandono, alguien dijo que la moza estaba sirviendo en Santander, libre de calumnias, y que al nene «le habían corrido» hasta Rianzar, desde un pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los rumores quedaron rezagados en el fondo de las conciencias, sometidos bajo la reservada actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco era nuevo el caso de recoger a una criatura desvalida en aquellos hogares montañeses, y reconocido Andrés como el más acomodado labrantín de los contornos, se explicaba mejor el hallazgo en los umbrales de su casa, donde, por añadidura, había una mujer fuerte y animosa que aguardó con ansiedad el fruto de sus amores durante cinco años, peregrina de los altares milagrosos y de las fuentes que proporcionan el don de la fecundidad... Sin duda, la madre del jayón había encontrado alguna vez a Marcela delante de la Virgen de la Esperanza, en súplica ferviente, con un cirio en la mano y una pena en los ojos; acaso la sorprendió una noche cabe la fontanuca del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el plenilunio, el agua llena de la apetecida virtud...

La moza devana conjeturas y suposiciones queriendo convencerse de que el amparo al nene desconocido es para ella un providencial tributo de agradecimiento a Dios, un interés que paga a la inmensa ventura de ser madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe al intruso con bondad, casi con gratitud; ha llegado a posarle los labios en la frente y por supuesto, le cuida como al suyo, cumplidora leal de un deber que tácitamente aceptó y que ya no discute, porque, cuando mira al niño como ahora, estremecida y turbada, piensa: «Aunque sea hijo de Andrés, me conviene guardarle para que la afición que le tome no vaya lejos de mí; para que la otra no «le tire» y me viva obligado.»

La otra es una mujer de quien siempre Marcela tuvo celos, aunque no se lo confesara a sí misma y no hubiese motivo para tanto.