Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra poco temible como rival, y, sin embargo, sus ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una rara hondura de aguas misteriosas que produce inquietud y sugestión.
Cuando Marcela ha visto a su hombre distraído y perezoso, con la mirada ausente y el suspiro en la boca, ha deseado más que nunca la llegada de un hijo, y ha pensado con inexplicable augurio en las hondas pupilas de Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella fué la primera novia de Andrés, y desde que él la dejó para casarse con una forastera, allí al lado vive retraída y solitaria; marchitándose sin amor, con los profundos ojos abiertos sobre cada reciente hogar... Si Andrés la nombra, le parece a Marcela que revive en los labios del mozo una ternura ungida de remordimientos; si la habla, imagina que todo él se hunde, enamorado, en el abismo de los ojos verdes; pero ni la habla ni la nombra a menudo, y hasta se podría suponer que la huye.
No obstante, la celosa recuerda una vez más en esta mañanita de Abril, algunas pérfidas insinuaciones de los vecinos, supone que Irene está en su casa escondida, y contempla al jayón impuesto en el hogar por Andrés.
—¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!—murmura, con el rostro impasible y el alma zozobrante.
Permanece desnuda y absorta junto a la escanilla hasta que siente frío y la hiere en la cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse y trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la mano hacia los pequeñuelos dormidos, y les signa en el aire con una cruz.
III
VOCES DE LA TIERRA.—HISTORIA DE UN AMOR.—EL MAL DEL PAÍS.—LA PÁLIDA VENTURA.—NUEVA ESPERANZA.
La luz vernal se duerme en el paisaje con amorosa dulzura. Por el bravío espinazo del monte baja a la aldea un hálito caliente, saturado de perfumes libres; flota en la brisa el rumor de las alas y el calor de los nidos; están frondosos los bosques, reverdecidas las praderas y los huertos en flor.
A lo largo del angosto valle recibe la tierra en su moreno vientre la rubia semilla del maíz, y corre el Saja espumoso, crecido con la nieve de los puertos, cantando el vasallaje de las fuentes que se le entregan enamoradas, al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, escucha y aguarda, trémula de pasión.