Marcela también padece la divina ansiedad de las horas primaverales y vive en un atisbo celoso, ignorando lo que aguarda, escuchando impaciente los rumores del campo, los pulsos de la tierra, las ráfagas del viento. Mientras su marido trabaja en la mies, ella cose en el abierto portal, vigilando la cuna, suspirando con frecuencia. Su pensamiento, que desfallece sometido a la embriaguez del día, busca al amado y quiere penetrarle, saber lo que piensa y discurre, averiguar por qué lleva la frente siempre tajada con una honda arruga.
Andrés ha sido el primer amor de Marcela; el único. Bravía como el monte, ardiente como el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y fiel, desde que le miró a los ojos tristes y pensativos, le vió sonreir con melancolía silenciosa y le escuchó la voz ferviente, impregnada en oculta pesadumbre.
No había razón para que fuese aquel hombre taciturno. Tenía a los veintiocho años algo de hacienda propia, excelente salud, buena figura y avisada inteligencia. Las mozas se perecían por él, los vecinos le concedían en todo una envidiable superioridad y gozaba justo renombre de valiente y honrado.
Pero era un descontento de la vida, un espíritu ansioso, tocado del mal del país, herido por la bruma de Septentrión. A pesar de su escasa cultura, sentía desmesuradas aficiones por libros y periódicos, y hasta se dijo que, a hurtadillas, escribía romances. Toda la poesía triste y honda del campo montañés se le había metido en el corazón, y le envolvía los deseos en una niebla de llanto sin lágrimas: así las altas inquietudes sentimentales descendían sobre aquel ánima silvestre como un tormento obscuro, nunca roto por el divino hallazgo de lo sobrenatural.
Cuando Andrés conoció a Marcela en una romería comarcana, quedóse deslumbrado como si por primera vez le bañase, rútilo y potente, el sol.
Era otoño. Comenzaban a morirse las ramas en el bosque y a tenderse las nubes sombrías por el cielo. Ya remansaba el crepúsculo en el campo de la fiesta y aun sobre la seroja descolorida bailaba incansable la mocedad.
Del bullicioso grupo se apartó una muchacha que cruzó la romería para ir a sentarse en el tronco seco de un nogal, acaso con la única intención de que la viese Andrés.
Al pasar junto al joven le soslayó una mirada y una sonrisa, diciendo muy gentilmente:
—Buenas tardes.
—Santas y buenas—repuso el galán, aturdido por la hermosa aparición que, en la blancura del traje y de la cara, parecía recoger del espacio toda la luz. Y siguió atónito los pasos de la moza, se sentó al lado suyo, olvidó a Irene con quien se iba a casar...