Tenía Marcela aventajada la estatura, gallardo el busto, clara la tez. Llevaba luto en los cabellos y los ojos; en los labios carmín; en la risa y el alma, juventud. Su hechizo irradiaba una fuerza tan llena de vida y de gozo, que Andrés, amando a la joven, tuvo por cierta la felicidad y vislumbró la serena alegría de los espíritus apacibles, de los corazones abiertos y puros.
Sin dificultades llegó la boda, y desde la aldea montaraz, colgada como un nido en el bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al valle, allí donde, muy cerca, la olvidada Irene escondía su humillación como un delito.
Andrés parecía curado de sus antiguos males y un aura de ilusión le alzaba la frente, le convertía en comunicativo y risueño. Sólo al hallar a su primera novia, o cuando le hablaban de ella, volvían las melancólicas nubes a circundarle, como si la pobre abandonada fuese todavía un lazo que le atase a las meditaciones tristes.
Pasaron los meses y comenzó a palidecer la luz de la ventura nueva. El matrimonio se impacientaba esperando un hijo, y aquella privación constituía para la esposa un grave quebranto porque la relacionaba con el duelo de los ojos de Andrés, la bruma ausente que de nuevo envolvía al amado poco a poco. Entonces peregrinó Marcela, devota y creyente, a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fué a beber, supersticiosa y simple, en la fontanuca del argomal bajo la plena luna. Al cabo el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la religiosa oración florecieron juntas en una misma cándida fe, y Marcela, enajenada de gozo, sintió que un amor nuevo y sublime emergía, igual que una fragancia, de su carne joven, como si en su corazón se abrieran las hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las nubes en la frente de Andrés y la esposa, con la aguda perspicacia de los enamorados, advertía los esfuerzos de su marido para compartir las ilusiones de ella y recibir al hijo como una bendición. Entre alternativas de zozobra y ventura, la imagen tímida de Irene rondó a Marcela como una sombra pálida y tenaz; oyó alusiones mortificantes respecto al único amor de la muchacha, la vió desaparecer del pueblo, oculta o ausente, y sintió cerca de sí, más lejana que nunca, la sombría presencia de Andrés. Al fin el hijo la colmó de goces, tan inefables y sutiles, que olvidó todas las incertidumbres hasta la noche del misterioso hallazgo, hasta que tuvo que albergar al jayón en la cuna de Serafín...
Tanto se asemejan los dos nenes, que sólo la madre distingue al suyo del pobre desconocido, a quien han puesto por nombre Jesús. Por su parte Andrés procura no compararlos, apenas los acaricia tímidamente, y repite a menudo, con terca obstinación, que en esta edad todos los niños son iguales.
Como ya apremia el trabajo de la sembradura y aun no están majados en algunas tierras los cavones, el mozo se detiene poco en su casa. Vive campo afuera casi todo el día, se acuesta rendido y madruga mucho, pero en el breve trato con su mujer muéstrase cariñoso con una cordialidad llena de matices raros, de tímidos aspectos en que Marcela cree descubrir los resquemores de la culpa y los aromas de la gratitud. Le parece a ella que su marido la mira de otro modo, la reconoce más virtudes y la estima con mayor reverencia. Y aunque esta novedad significaría la tácita confesión de cuanto la esposa teme, pudiera ser, al mismo tiempo, señal de la gran ventura, renacer de la pasión juvenil que a los dos les hizo tan felices. Generosa y enamorada, ella se apresura a perdonar y sufrir, para merecer, y no arriesga una sola palabra imprudente, ni un gesto, ni un reproche que nublen aquella perseguida ilusión.
IV
EL ESTIGMA.—LA SENTENCIA DEL INOCENTE.—¡NADIE LO SABRÁ!
Cosiendo y soñando, en esta hermosa mañana de Abril, oye Marcela que llora un niño, el suyo sin duda, que es de los dos el que llora más. Corre a buscarle y piensa con orgullo que le tendrá despierto en los brazos cuando al mediodía regrese Andrés. Pero el chiquillo, después de mamar gime aún, con tal desasosiego, que la madre le desnuda para consolarle, volviéndole a vestir la ropita fresca, olorosa a flores y a sol.