Ya le mece, libre de los pañales, en el regazo, y se engríe con su robustez.

—Es más fuerte que «el otro»—murmura, contemplándole a plena luz, bajo el aire tibio y dulce del meridiano.

De súbito, los dedos ágiles y acariciadores se detienen con inquietud sobre el pecho ancho y saliente del niño, allí, encima del corazón, y se agitan después envolviendo el tallo dorsal de la criatura. Algo extraño y monstruoso le parece a Marcela descubrir donde creyó hallar fortaleza y reciedumbre.

Acude presurosa a desnudar al otro nene, y, encima de la cama, los coteja, los mide, los junta en una exploración llena de perplejidades y terrores: así la sorprende Andrés que no repara en el mudo trastorno de la madre ni se aproxima demasiado a los chiquitines.

Largo día de zozobras crueles, y negra noche de insomnio, inspiran a la muchacha una resolución pronta y enérgica. Quiere salir de la duda insoportable, saber si su hijo es contrahecho o si ella delira de pasión y ternura maternal. Envolviendo tales incertidumbres, cierto obscuro propósito entenebrece el alma de Marcela y la obliga ciegamente al disimulo.

Cuando llega el médico, llamado como por casualidad, la joven descubre a Serafín, y pronuncia, con acento en que tiembla muy oculto el terror:

—Mire; está muy hermoso, ancho y grueso, pero llora mucho, parece que se queja... y, como usted pasaba por ahí, me dije: pues que haga el favor de verle don Mauricio.

Don Mauricio, con las gafas sostenidas en la punta de la nariz, se inclina sobre el nene mirándole despacio, le registra con los sabios dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin la cabeza en un signo lamentable.

Marcela le devora con los ojos.