Hizo Serafín los honores del sabroso desayuno mientras Jesús lo probaba con esfuerzo y el padre creía descubrir señales dolorosas en el trasojado rostro del enfermito. Tenía el pobre maceradas las ojeras, ardientes las manos, caídos los miembros, apagada como nunca la expresión de las pupilas. Buscándole a él refrigerios y tónicos, por consejo de Don Mauricio, subían a menudo al «invernal», pero aquel día no les acompañaba la suerte, a juzgar por el cariz del tiempo y el talante de la criatura. Para que no se cansara mucho, tomaron el camino lentamente, escuchando las voces de la soledad, mirando al cielo con inquietud.
Muda estaba la selva como si no hubiese aire para un rumor; quietos los zarzales y las árgomas, todo silente el horizonte gris.
Cuando ya llevaba Jesús jadeante el corazón, galoparon las nubes sobre el viento y una lluvia sesga y helada comenzó a caer. Llegaban entonces el álveo del río más caudaloso del país, donde el niño Saja nace y solloza como un chortal, ablandando con su frescura la aspereza montés. Y quedaron envueltos en los sones del agua, empapados en la fría canción, mecidos por la tormenta que, al crecer, convertía la lluvia en nieve y el viento en huracán.
Una repentina virazón de los aires empujó las nubes hacia el Norte con ímpetu furioso, congelando los cierzos, tapando las veredas, dificultando el camino, en tal forma, que Andrés tuvo que cargar a Jesús en los hombros y tirar de Serafín, animándole con ruegos y promesas.
Decidieron volverse a la cabaña, más próxima que el valle, y tornaron otra vez monte arriba, en recia lucha con el temporal, ateridos, alcanzados por la torva angustia del miedo.
Una hora tremenda llevaban de huída cuando comenzaron a sentirse perdidos, no viendo, aún en torno suyo, las señales del amigo techado: ni la cambera firme entre los setos, ni la braña sativa, ni el ramblizo siempre susurrante, ni los pobos cercanos al pastoril hogar.
Aunque la nieve confundía lindazos y confines, hubiesen conocido bajo la cruel blancura el huello de las parcelas propias, y hubiesen oído, al través de la borrasca, las esquilas del ganado. Pero no; la ruta, difícil y agreste, padecía el azote de los elementos sin decir nada a la memoria de los caminantes: ¡ni un signo amistoso en derredor, ni un toque suave de aljaraz!
Todo era esquivo y nuevo en la calzada serraniega a cuyos bordes el eriazo mostraba un bravío semblante: se adivinaban los abietes hostiles, la guájara rebelde, la espesura mazorral sin tresna alguna de cultivo. Un bosque de salvajes enebros erguía las yertas ramas con pavura como si levantase los brazos hacia Dios: la nube, cada vez más negra y más baja, se abría en lampos de fuego y horrísonos clamores.
Agobiado por los niños, uno a cuestas, otro de la mano, quiere Andrés huir de aquellos trágicos lugares, buscar un asubiadero con la esperanza de que, por lo repentino y brusco, tuviese el temporal poca duración. Seguro ya de haberse extraviado, rendido con el peso de Jesús, avizora ansioso el horizonte y tranquiliza apenas a los zagales, llenos de terror.