Ya Serafín se queja a gritos de no poder andar. Cayendo a cada paso, lloroso y gemebundo, interrumpe la fatigosa marcha del padre, y tiene aquella fuga una expresión inclemente de fatalidad, un siniestro perfil humano sobre la candidez terrible del camino.

No saben cuánto tiempo luchan y desfallecen sin rumbo ni reposo, cuando en una tregua de la ventisca descubren el cobijo de una cabaña, y al tocar sus ansiados umbrales reconocen el «invernal» del soto de la Cruz, abandonado por ruinoso y abierto a las tormentas, pero aun así providente y bienhechor para los tristes errabundos.

Yacen allí más que descansan, transidos, inertes, sin conciencia de la vida, hasta que Andrés logra recobrar los bríos y darse cuenta de su responsabilidad. Entonces mira con espanto a Jesús que parece un difunto; le toca y está ardiendo, le mueve y está dormido, con un sueño soporoso y letal.

La más desesperada compasión entenebrece al hombre delante de aquel ser que le debe una existencia tan ruin, una infancia menesterosa y comalida, sembrada de pesares, llena de humillaciones y amarguras. Piensa que, al cabo, el hijo se le muere allí, a las inclemencias del cielo, sin que nadie le cuide ni le ampare, abandonado a la más dura suerte. Y reflexiona en lo inútiles que han sido aquella lástima y aquel remordimiento que en una noche inolvidable abrieron al jayón la puerta de un hogar...

No sabe cómo servir al niño, da vueltas igual que un loco, por la achacosa cabaña, buscando en cada ostugo la vislumbre de una ayuda que está muy lejos de parecer. Si el vendaval empujó por allí algún sobrante de la escamonda, los gajos secos del espino cerval o del residuo del rozo, la nieve y el agua lo han mojado colándose por las hendiduras, boquetes y algeroces. Y el mezquino acervo que Andrés reúne con avaricia, tratando de encenderle para secar la ropa y mitigar el frío, se resiste entre ásperas quejumbres y bocanadas de humo.

Serafín duerme cansado de llorar. Jesús se lamenta sin abrir los ojos, con silbidos en el pecho deforme y temblores en las manos inquietas. Cruje el endeble techado; gime el viento, cada vez más rendido; nace la noche en el fondo de la hoz.

La nieve ha dejado de caer en torvas y rodar en aludes; se desmenuza ahora en copos muy tenues, con atalaje de hada, y sus vedijas sutiles se confunden en la pálida tiniebla, bajo la agonía de la luz.

De pronto unas voces lejanas llegan a los oídos vigilantes de Andrés. Se yergue el desgraciado con toda la atención despierta y sacudida, y vuelve a oir, remoto, un son de relinchada, el ijujú celta que perdura entre los mozos cántabros. Quizá pastores o serrojanes, que huyen a la llanura, cantan para espantar el miedo, con alarde infantil.

Andrés, brusco y esperanzado, responde al bárbaro cantar con angustiosos gritos, y quiere correr hacia las voces peregrinas, pero los zagales, espabilados de repente, no le dejan salir. Un terror inmenso les aturde ante la nueva actitud de fuga que el padre inicia, ahora que ellos, tundidos, no se pueden mover y que la sombra ciega al monte envuelto en pánico blancor.

Claman los muchachos frenéticos: