—¡Padre, padre! ¡No te vayas, no nos dejes!
Se le abrazan a las rodillas mientras Andrés pide socorro fuera de sí, y ninguna humana voz acude al vehemente reclamo, ningún auxilio llega al través de la soledad: ¡tal vez los sones errantes fueron una ilusión!
El viento gira hacia el Sur convertido en un noto de repentina blandura, y al dormirse en el éter deja oir la querella del Saja, honda como un llanto inconsolable, y rasga las nubes en un jirón azul: dos estrellas se asoman al cielo, pensativas, para mirar la nieve acostada en la noche.
VIII
EL RESPLANDOR DE LA TRAGEDIA.—CAMINO DEL CIELO.—EL BESO DEL SOL.
Palidece una madrugada turbia sobre la claridad deslumbradora del paisaje. El día, que empezó a morir en los hondones, resucita en las cumbres, invadiendo los contornos de la sierra cuando aún es Rianzar valle de sombras.
Andrés no sabe si ha dormido: reina en sus actos el desorden de un sueño, y mira a su alrededor con aire de sonámbulo, mientras se le esconden los pensamientos en lo más obscuro de la conciencia.
Pronto revive su corazón con profunda congoja, sumido bajo la recia pesadumbre: este día que nace no trae con su luz más que la evidencia del drama, el resplandor de la tragedia.