Ha querido el padre dar calor con su cuerpo a los hijos, y los guarda a su lado inmóviles, mudos. Jesús descubre, ardiente, el ascua de los ojos, lo único que parece vivir en él; Serafín tiene los párpados caídos, y abierta la boca en una respiración cansada. Inclinándose a contemplarlos siente el hombre deseos de llorar y morir, y oye sin asombro cómo cruje el cobertizo al peso de la nieve: ¡sin duda va a hundirse! Entonces, desde el trépido umbral otea los parajes helados con las sendas perdidas y padece la vaga sensación de asomarse al mundo del silencio, en contacto con la eternidad.
Quisiera romper con la mirada los horizontes, salir, con la vista siquiera, de aquella linde cándida y perenne que no concluye nunca.
El viento arrecia y la cabaña vuelve a crujir: parece que las nubes van a rasgarse bajo un punto remoto de viva claridad. Otro brusco remezón de la techumbre obliga a Andrés a sacar los niños, de un salto, fuera del peligro, no sabe para qué. Los deja allí sobre la alfombra helada, y espera absorto que se hunda el «invernal».
El desplome, el frío y la luz sacuden a los zagales con terrible aguijón. Se levantan como autómatas, sin brío ni conciencia, y Jesús se vuelve a caer.
Serafín llora deshambrido, asustado, maltrecho, y el padre coge al caído en sus brazos y dice al otro con un gesto obscuro:
—¡Anda!
Toma una dirección cualquiera, monte abajo, fiándose al instinto, pero el rapaz no le sigue.
—¡No puedo... no puedo!—murmura—También yo estoy cansado y siempre llevas a Jesús: ¡a mí no me quieres!
El desconsolado plañido llega certero al corazón de Andrés, y le acusa de predilecciones invencibles. Tal vez Jesús no sufre tanto como él teme, ya no arde ni se queja, ya no le silba el pecho: será menester que ande un poco. Le posa con dulzura y repite:
—¡Anda!