Carga con Serafín, que aún gimotea.
—¡No me quieres... no me quieres!
Y Jesús da unos pasos, vacilantes, detrás de ellos. Después vuelve a rodar con un sordo retumbo, sin decir una palabra.
Acude el padre, aterrado, y al postrarse junto a la criatura conoce que está allí la muerte, la reina de todos los espantos.
—¡Jesús!... ¡Jesusín!—clama rota de pena la voz.
Y el niño, con la cara vuelta al cielo, entornados los ojos, lanza una risa aguda y delirante que rebota en la nieve y se aleja sin extinguirse. Al dejar de reir, el alma le resplandece un instante en las pupilas, triste y pura como un cirio, y se apaga de pronto, humedeciendo el cristal de la mirada muerta.
Andrés, con el pensamiento inmóvil al lado del abismo, se inclina a besar la boca exánime de Jesús, y sobre ella se detiene, como si quisiera recoger un murmullo, un sollozo, la última volición de aquel espíritu mártir y solitario que habitó un cuerpo tan infeliz. Pero el hielo de la boca marchita hiere con filo tan penetrante, que el hombre se levanta, crispado, y echa a correr con el hijo que le queda...
Ceñido por la mortaja infinita de la nieve, el cuerpo difunto duerme con solemnidad en el monte, nunca tan santo como ahora que guarda los despojos de un niño.
El viento al crecer, raudo y caliente, provoca el deshielo y ensalza los rumores de arroyos y hontanares: parece que las aguas lloran una pena indecible. El sol ha roto aquel punto claro de las nubes, y, sin miedo al frío de la muerte, se asoma a besar la carne yerta de Jesús.