IX
HORAS DE ANGUSTIA.—LAZO DE DOLOR.—LA VOZ DE LA SANGRE.

Cuando Andrés llega a su casa, medio enloquecido, ya las vecinas le han arrebatado a Serafín para alimentarle y vestirle antes de que su madre le vea derrotado y hambriento, con el terror hundido en los ojos y la angustia pintada en el semblante...

Todo el pueblo se agita al conocer la tragedia del soto de la Cruz. Las mujeres lloran:—¡Pobrecito jayón, pobre inocente, señalado como una víctima desde la cuna!... El párroco dice que el zagal supo elegir el único camino libre y hermoso: ¡el camino del cielo! Y se apresuran los hombres cerca de Andrés para ofrecerle compañía y auxilio. Todos quieren subir a la montaña para rescatar el cadáver; todos se compadecen del amigo que fué siempre generoso con los demás, valiente y útil en la lucha común por la vida. Nadie ignora, tampoco, que el buen camarada pierde un hijo en el niño jayón, y las frases de condolencia adquieren rumores de secreto, matices de aventura pasional que rondan a Marcela, sordamente, antes de que arribe su esposo.

No le aguarda sola; allí está Irene, que no se ha movido del banco donde por la noche se encogió, muda y trémula, agobiada de un dolor humilde, sin palabras ni suspiros, llena de vergüenza y timidez. Una zozobra obscura, más fuerte que su orgullo, la empujó hacia el hogar siempre envidiado, y allí se queda, esclava de la inquietud, quizá temiendo que la echen; quizá sin fuerzas para huir.

A Marcela no se le ha ocurrido evitar la compañía de aquella mujer: al contrario, la necesita y la estimula. Toda la noche trató a Irene como a una compañera de infortunio; la invitó a calentarse y rezar; se estrechó contra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones de abrazarla y pedirla perdón.

Alumbradas desde fuera por la claridad de la nieve, contaron las horas en vigilia constante, y cuando el alba inició las primeras luces, sintieron en torno suyo una turbia sensación de opacidad, una vaga certeza de vivir... Ecos del drama que las reúne en misterioso lazo, posan ya junto a las dos madres. Algunos vecinos que preceden, solícitos, a Andrés, para tranquilizar a la esposa, no saben cómo hablar delante de Irene, y ellas, notando la turbación de los semblantes, padecen crecidas todas sus incertidumbres y nada quieren oir.

Es aquel un minuto horrible de ansiedad, hasta que el hombre, tan dolorosamente esperado, entra y se mira, atónito, entre las dos mujeres.

—¿Y los niños?... ¿Dónde están los niños?—le preguntan desoladas, olvidando que huían de saber.