Segunda carta de la reina de España al gran duque de Berg en 8 de abril de 1808.

«Mi señor y hermano: No quisiéramos ocupar a V. A., pero no teniendo otro apoyo es necesario que V. A. sepa todo lo relativo a nuestras personas. Remitimos a V. A. la carta que el rey ha recibido de su hijo Fernando en respuesta de la que su padre le escribió, diciéndole que partíamos el lunes.

Las pretensiones de mi hijo me parecen fuera de propósito; y siguiendo las mismas ideas le ha escrito el rey hace un instante, que nosotros llevamos menos familia y personas de servidumbre que plazas había, quedándose aquí algunas: que pasaríamos la semana santa en el Escorial, sin poder decir cuántos días duraría aquella residencia; y que en cuanto a guardias de Corps no importaba nada que no fuesen. Quisiéramos no verlos, y sí fuera de su poder a nuestro pobre príncipe de la Paz. Ayer tarde se me advirtió que viviésemos con cuidado, porque se intentaba hacer alguna cosa secreta, y que aunque fuese tranquila la noche de ayer no lo sería la siguiente. Yo dudo de todo, y no vemos a los guardias de Corps; pero es necesario vivir con cautela, por lo que lo hemos advertido al general Wattier. Los guardias son los autores de todo, y hacen a mi hijo hacer lo que quieren; lo mismo que los malignos ministros, que son muy crueles, sobre todo el clérigo Escóiquiz.

Por gracia V. A. líbrenos a todos tres, e igualmente a mi pobre hija Luisa, que padece por la propia razón que nuestro pobre amigo común el príncipe de la Paz y nosotros; y todo porque somos amigos de V. A., de los franceses y del emperador. Mi hijo Fernando habló aquí de las tropas francesas que había en Madrid con bastante desprecio, lo cual es prueba de que no las mira con afecto. Nos han asegurado que los carabineros son como los demás; y que los otros residentes en el sitio, como el capitán de guardias de Corps, no hacen sino averiguar todo lo que pueden para hacerlo saber a mi hijo.

Si el emperador dijera dónde quiere que le veamos, tendríamos en ello mucho gusto; y rogamos a V. A. procure que el emperador nos saque de España cuanto antes al rey mi marido y a nuestro amigo el príncipe de la Paz, a mí y a mi pobre hija, y sobre todo a los tres, lo más pronto posible, porque de otro modo no estamos seguros. No dude V. A. que nos hallamos en el mayor peligro, y con especialidad nuestro amigo, cuya seguridad deseamos antes que la nuestra; la que confiamos lograr de V. A. y del emperador, en cuyo supuesto pido a Dios tenga a V. A. en su santa y digna guarda.

Mi señor y hermano: de V. A. I. y R. afecta hermana y amiga. — Luisa.»

Carta de la reina de España al gran duque de Berg en Aranjuez a 9 de abril de 1808.

«Mi señor y hermano: el reconocimiento a los favores de V. A. será eterno, y le damos un millón de gracias por la seguridad que nos anuncia de que su amigo y nuestro, el pobre príncipe de la Paz, estará libre dentro de tres días. El rey y yo ocultaremos con un secreto inviolable tan necesario la alegría que V. A. nos ha producido con una noticia tan deseada. Ella nos reanima, y nunca hemos dudado de la amistad de V. A., quien tampoco deberá dudar de la nuestra jamás, pues se la hemos profesado siempre, como también el pobre amigo de V. A., cuyo crimen es el ser afecto al emperador y a los franceses. No así mi hijo, pues no lo es aunque lo aparente. Su ambición sin límites le ha hecho seguir los consejos de todos los infames consejeros que ha puesto ahora en los empleos más principales y elevados.

Tenga V. A. la bondad de decirnos cuándo debemos ir a ver al emperador, y en dónde, pues lo deseamos mucho igualmente que V. A. no se olvide de mi pobre hija Luisa.

Damos gracias a V. A. de habernos enviado al general Wattier, pues se ha conducido perfectamente aquí. Mi marido quería escribir a V. A., pero es absolutamente imposible, pues padece muchos dolores en la mano derecha, los cuales le han quitado el sueño esta noche pasada.