Había empero artículos dignos de alabanza. Merécenla pues aquellos en que se declaraba la supresión de privilegios onerosos, la abolición del tormento, la publicidad en los procesos criminales y el límite de 20.000 pesos fuertes de renta, señalado a la excesiva acumulación de mayorazgos. Mas estas mejoras que ya desaparecían junto a las imperfecciones sustanciales arriba indicadas, del todo se deslustraban y ennegrecían con la monstruosidad [no puede dársele otro nombre] de insertar en la ley fundamental del estado que habría perpetuamente una alianza ofensiva y defensiva, tanto por tierra como por mar entre España y Francia. Todo tratado o liga de suyo variable, supone por lo menos el convenio recíproco de los dos o más gobiernos que están interesados en su cumplimiento. Exigíase aún más en este caso: ya que quisiera darse a la alianza la duración y firmeza de una ley fundamental, menester era que la otra parte, la Francia, se hubiese comprometido a lo mismo en las constituciones del imperio. Podrá redargüirse que estaba sujeta esta determinación a un tratado posterior y especial entre ambas naciones. Pero según el artículo 24 de la constitución que era en donde se adoptaba el principio, debía el tratado limitarse a especificar el contingente con que cada una había de contribuir, y no de manera alguna a variar la base admitida de una alianza perpetua ofensiva y defensiva. No es de este lugar examinar la utilidad o perjuicio que se seguiría a España, país casi aislado, de atarse con semejante vínculo y abrazar todas las desavenencias de una nación como la Francia contigua a tantas otras y con intereses tan complicados. Aquí solo consideramos la cuestión constitucional, bajo cuyo respecto no pudo ser ni más fuera de sazón ni más extraña. Al ver adoptado semejante artículo no podemos menos de asombrarnos por segunda vez de que haya habido españoles de los firmantes, tan olvidados de sí propios, que hayan asegurado en sus defensas haberse gozado en Bayona de entera e ilimitada libertad. Porque si a sabiendas y voluntariamente le admitieron y aprobaron ¿cómo pudieran disculparse de haber encadenado la suerte de su patria a la de otra nación, sin que esta se hubiera al propio tiempo comprometido a igual reciprocidad? Mas afortunadamente y para honra del nombre español si hubo algunos que con placer firmaron la constitución de Bayona, justo es decir que el mayor número lo hicieron obligados de la penosa e involuntaria situación en que los había colocado su aciaga estrella.

Visita
de la Junta
de Bayona
a Napoleón.

En el mismo día 7 de julio Don Miguel de Azanza propuso y se acordó la acuñación de dos medallas que perpetuasen la memoria del juramento a la constitución, trasladándose en seguida la junta en cuerpo al palacio de Marracq a cumplimentar a Napoleón. Llevó la palabra el presidente, y en silencio aguardaron todos con ansiosa curiosidad la respuesta del soberano de Francia, rodeado de los diputados españoles. Tres cuartos de hora duró el discurso del último, embarazoso en la expresión e infecundo en sus conceptos. Levantando pues la cabeza y echando una mirada esquiva y torva, la inclinaba después aquel príncipe sobre el pecho, articulando de tiempo en tiempo palabras sueltas o frases truncadas e interrumpidas, sin que centellease ninguno de aquellos rasgos originales que a veces brillaban en sus conversaciones o arengas. Parecía representar su voz el estado de su conciencia. Impacientábanse todos, mas el disimulo reinaba por todas partes. Sus cortesanos quedaron inmobles; y aturdidos los españoles, a cuyos ojos achicose en gran manera el objeto que tan agigantado les había parecido de lejos. Fatigado el concurso y quizá Napoleón mismo, despidió este a los diputados que sobrecogidos y silenciosos se retiraron. Azaroso andaba en todo lo de España.

Aún duraban las discusiones de la constitución cuando llegó a Bayona una carta escrita en Valençay en 22 de junio por la servidumbre de Fernando y los infantes, en la que «juraban [*] Felicitación
de la servidumbre
de Fernando.
(* Ap. n. [4-11].) obediencia a la nueva constitución de su país y fidelidad al rey de España José I.» Según Escóiquiz fue efecto de intimación del príncipe de Talleyrand hecha a nombre de Napoleón, añadiendo que para evitar mayores males accedieron encargándose él mismo de extender la carta en términos estudiados y medidos. Si así hubiera pasado, merecían disculpa Escóiquiz y sus compañeros; pero aconteció muy de otra manera. Y o aquel se imaginó que nunca se trasluciría el contenido de su carta, o con los infortunios se había enteramente desmemoriado. En ella se prestaba el juramento de un modo claro no ambiguo; y lo que era peor se pedían nuevas gracias expresadas en una nota adjunta, afirmándose también que estaban prontos a obedecer ciegamente su voluntad [la de José] hasta en lo más mínimo. Véase pues lo que llamaba Escóiquiz juramento condicional y aéreo, y carta escrita en términos medidos.

Así mismo Fernando escribió con igual fecha [*] Felicitación de
Fernando mismo.
(* Ap. n. [4-12].) a Napoleón en nombre suyo y de su hermano y tío, dándole el parabién de haber sido ya instalado en el trono de España su hermano José; con una carta [leída en 30 de junio ante los diputados de Bayona] inclusa para el último en que se decía después de felicitarle «que se consideraba miembro de la augusta familia de Napoleón, a causa de que había pedido al emperador una sobrina para esposa, y esperaba conseguirla:» tan caída y por el suelo andaba la corona de Carlos V y Felipe II.

Ministerio
nombrado
por José.

En 4 de julio había José arreglado definitivamente su ministerio. Tocó a Don Mariano Luis de Urquijo la secretaría de estado, a cuyo puesto correspondía, según la constitución de Bayona, refrendar todos los decretos. En el reinado de Carlos IV, todavía aquel muy joven, había sido nombrado ministro interino de estado. Adornado de ciertas calidades brillantes y exteriores, no se le reputaba por hombre de saber profundo: tachábanle de presuntuoso. Quiso en su ministerio enfrenar el tribunal de la Inquisición, y restablecer a los obispos en sus primitivos derechos. Acarreole su intento la enemistad de Roma y de una parte del clero español. Con esto y haber el príncipe de la Paz recobrado su antigua e ilimitada privanza, fue desgraciado Urquijo, encerrado en la ciudadela de Pamplona, y confinado después a Bilbao su patria. No tuvo parte en los primeros desaciertos de Madrid y Bayona, y solo acudió a esta ciudad en virtud de reiterado llamamiento de Napoleón, quien le deslumbró prodigando lisonjas a su amor propio. Encargose Don Pedro Cevallos del ministerio de negocios extranjeros, con repugnancia y violencia según el propio se expresa, con gusto y solicitud suya según otros. Don Sebastián de Piñuela y Don Gonzalo Ofárril se mantuvieron en sus respectivos ministerios de gracia y justicia y de guerra. Obtuvo el de Indias Don Miguel José de Azanza, reservándose el de marina para Don José Mazarredo, quien en dicho ramo gozaba de gran concepto, habiendo ilustrado su nombre en varias campañas; pero que sin práctica en las materias de estado, y preocupado y nimio en otras, abrazó sin discernimiento a manera de frenesí el partido del rey intruso. Púsose la hacienda al cuidado del conde de Cabarrús, francés de nación, mas por afición y enlaces de corazón español. Decidido en Zaragoza a seguir la gloriosa causa de aquellos moradores, fuese temor o enfado de algún peligro que había corrido en Ágreda, mudó después de parecer y aceptó el ministerio que José le confirió. «Hombre extraordinario [según le pinta su amigo Jovellanos] en quien competían los talentos con los desvaríos y las más nobles calidades con los más notables defectos.» No era fácil que en un tiempo en que el nuevo rey ansiaba granjearse la estimación pública, se hubiese olvidado en la repartición de empleos y gracias del hombre insigne que acabamos de citar, Jovellanos. de Don Gaspar Melchor de Jovellanos. Libertado de su largo y penoso encierro al advenimiento al trono de Fernando VII, habíase retirado a Jadraque en casa de un amigo para recobrar su salud debilitada y perdida con los malos tratamientos y duro padecer. Buscole en su rincón Murat mandándole pasase a Madrid: excusose con el mal estado de su cuerpo y de su espíritu. Acosáronle poco después los de Bayona; José de oficio para que fuese a Asturias a reducir al sosiego a sus paisanos, y confidencialmente Don Miguel de Azanza, anunciándole que se le destinaba para el ministerio de lo interior. Disculpose con el primero en términos parecidos a los que había usado con Murat, y al segundo le manifestó «que estaba lejos de admitir ni el encargo, ni el ministerio, y que le parecía vano el empeño de reducir con exhortaciones a un pueblo tan numeroso y valiente, y tan resuelto a defender su libertad.» Reiteráronse las instancias por medio de Ofárril, Mazarredo y Cabarrús. Acometido tan obstinadamente de todos lados, expresó en una de sus contestaciones «que cuando la causa de la patria fuese tan desesperada como ellos se pensaban, sería siempre la causa del honor y la lealtad, y la que a todo trance debía preciarse de seguir un buen español.» Sordos a sus razones y a sus disculpas le nombraron ministro mal de su grado, e insertaron en la Gaceta de Madrid su nombramiento: señalada perfidia con que trataron de comprometerle. Por dicha salvole la honra lo terso y limpio de su noble conducta, y sirvió de obstáculo a la persecución, que su constante resistencia hubiera podido acarrearle, la victoria de Bailén: con cierta prolijidad hemos referido este hecho como ejemplo digno de ser transmitido a la posteridad.

Formado que hubo su ministerio el rey intruso, se ocupó en proveer los empleos de palacio en los grandes que estaban en Bayona; [*] Empleos
de palacio.
(* Ap. n. [4-13].) y cuya enumeración omitimos por inútil y fastidiosa. El duque del Infantado fue nombrado coronel de guardias españolas, y de valonas el príncipe de Castel-Franco. Mucho desmereció el primero, viéndole la nación volver favorecido por la estirpe que había despojado del trono al rey Fernando, y cuya pérdida había en gran parte provenido de haber escuchado sus consejos. Pocos fueron los franceses que acompañaron a José, y en eminente puesto solamente colocó al general Saligny, duque de San Germán, escogido para ser uno de los capitanes de guardias de Corps. Imitó en eso la política de Luis XIV, quien según expresa el marqués de San Felipe [*] (* Ap. n. [4-14].) «mandó prudentísimamente que ningún vasallo suyo entrase en España... Con lo que explicaba entregar enteramente al rey [Felipe V] al dictamen de los españoles, y que ni los celos de su favor, ni el mando turbase la pública quietud.»

José entra
en España
el 9 de julio.

Al fin arreglado lo interior de palacio y el supremo gobierno, determinó José de acuerdo con su hermano entrar en España el 9 de julio, confiados ambos en que a favor de ciertas ventajas militares alcanzadas por las armas francesas sería fácil llegar sin impedimento a la capital del reino; por lo cual es ya ocasión de hablar de las acciones de guerra, y reencuentros que hubo por aquel tiempo antes de proceder más adelante.