Primera
expedición
de los franceses
contra Santander.

Santander, punto marítimo y cercano a las provincias aledañas de Francia, fijó primero la atención de Napoleón. Por su orden se encomendó al mariscal Bessières que destacase la suficiente fuerza para ahogar aquella insurrección. Este en 2 de junio hizo partir de Burgos al general Merle, poniendo bajo su mando seis batallones y 200 caballos. Ya dijimos que al levantarse Santander se había colocado en las principales gargantas de su cordillera la gente de nuevo alistada. El 4 advertidos los jefes españoles de que los franceses avanzaban, dispusieron replegarse a las posiciones más favorables, resueltos a impedir el paso. Aguardaban ser acometidos en la mañana del 5; mas aclarando el día y disipada la densa niebla que con frecuencia cubre aquellas alturas, notaron con sorpresa que los franceses habían alzado el campo y desaparecido. La bisoña tropa atribuyó la retirada a temores del ejército enemigo, con lo que adquirió una desgraciada y ciega confianza: muy otra era la causa.

Expedición
contra Valladolid.

Habíase insurreccionado Valladolid, cundía el fuego de un pueblo en otro, y tocando casi a los mismos muros de Burgos, en donde el mariscal Bessières tenía asentado su cuartel general, recelose este de ver cortadas sus comunicaciones, si de pronto no acudía al remedio. Consideraba mayor el peligro y más graves las conmociones cercanas con un caudillo de nombre, como lo era Don Gregorio de la Cuesta. Y en tal estado pareciole oportuno no alejar ni esparcir su fuerza, y obrar solamente contra el enemigo más inmediato. Mandó por tanto a las tropas enviadas antes camino de Santander que retrocediendo viniesen al encuentro del general Lassalle, quien asistido de cuatro batallones de infantería y 700 caballos se dirigía hacia Valladolid. Había el último salido de Burgos el 5 de junio, y al anochecer del 6 llegó a Torquemada, Quema
de Torquemada villa situada cerca del Pisuerga, y que domina el campo de la margen opuesta. Muchos vecinos abandonaron el pueblo, algunos se quedaron; y preparándose para la defensa, atajaron con cadenas y carros el puente bastante largo por donde se va a la villa. Ciento de los más animosos parapetados detrás o subidos en la iglesia y casas inmediatas, dispararon contra los franceses que se adelantaban. No arredrados estos con el incierto y lejano fuego del paisanaje, aceleraron el paso y bien pronto desembarazando el puente, penetraron por las calles y saquearon y quemaron lastimosamente sus casas y edificios. Dispersos los defensores fueron unos acuchillados por la caballería, otros atravesados por las bayonetas de los infantes, y tratados los demás moradores con todo el rigor de la guerra, sin que se perdonase a edad ni sexo.

Entrada
en Palencia.

En Palencia se habían también reunido los mozos con varios soldados sueltos a las órdenes del anciano general Don Diego de Tordesillas. Mas atemorizados con el incendio de Torquemada, se retiraron a tierra de León, procurando el obispo aplacar la furia de los franceses con un obsequioso recibimiento. Llegaron el 7, y a sus ruegos se contentaron con desarmar a los habitantes, imponiéndoles además una contribución bastante gravosa.

Acción
de Cabezón.

En Dueñas se engrosó la división de Lassalle con la de Merle de vuelta de Reinosa, y allí acordaron el modo de atacar a Don Gregorio de la Cuesta. Había el general español ocupado a Cabezón, distante dos leguas de Valladolid. Contaba bajo su mando 5000 paisanos mal armados y sin instrucción militar, 100 guardias de Corps de los que habían acompañado a Bayona a la familia real, y 200 hombres del regimiento de caballería de la reina. Reducíase su artillería a cuatro piezas que habían salvado del colegio de Segovia sus oficiales y cadetes. Cabezón, situado a la orilla izquierda del Pisuerga, contiguo al puente adonde viene a parar la calzada de Burgos, y en paraje más elevado, ofrecía abrigo y reparo a la gente allegadiza de Cuesta si hubiera sabido o querido este aprovecharse de tamaña ventaja. Pero con asombro de todos, haciendo pasar al otro lado del río lo grueso de sus tropas, colocó en una misma línea la caballería y los paisanos, entre los que se distinguía por su mejor arreo y disciplina el cuerpo de estudiantes. Situó cerca y a la salida del puente dos cañones, y dejó los otros dos del lado de Cabezón. Quedaron asimismo por esta parte algunas compañías de paisanos de las parroquias de Valladolid cada una con su bandera para guardar los vados del río: inexplicable arreglo y ordenación en un general veterano.

Temprano en la mañana del 12 empezó el ataque. El francés Lassalle marchó por el camino real, cubriendo el movimiento de su izquierda con el monasterio de bernardos de Palazuelo. El general Merle tiró por su derecha hacia Cigales con intento de interceptar a Cuesta si quería retirarse del lado de León, como se lo habían los enemigos pensado al verle pasar el río, no pudiendo achacar a ignorancia semejante determinación. La refriega no fue ni larga ni empeñada. A las primeras descargas los caballos, que estaban avanzados y al descubierto en campo raso, empezaron a inquietarse sin que fueran dueños los jinetes de contenerlos. Perturbaron con su desasosiego a los infantes y los desordenaron. Al punto diose la señal de retirada, agolpándose al puente la caballería, precedida por los generales Cuesta y Don Francisco Eguía, su mayor general. Los estudiantes se mantuvieron aún firmes, pero no tardaron en ser arrollados. Unos huyendo hacia Cigales fueron hechos prisioneros por los franceses, o acuchillados en un soto a que se habían acogido. Otros procurando vadear el río o cruzarle a nado, se ahogaron con la precipitación y angustia. No fueron tampoco más afortunados los que se dirigieron al puente. Largo y angosto caían sofocados con la muchedumbre que allí acudía o muertos por los fuegos franceses, y el de un destacamento de españoles situado al pie de la ermita de la Virgen del Manzano, cuyos soldados poco certeros más bien ofendían a los suyos que a los contrarios. Grande fue la pérdida de nuestra parte, cortísima la de los franceses. El general Cuesta tranquilamente continuó su retirada, y sin detenerse se replegó con la caballería a Rioseco pasando por Valladolid. No faltó quien atribuyese su extraña conducta a traición o despique, por haberle forzado a comprometerse en la insurrección. Otras batallas posteriores en que exponiendo mucho su persona anduvo igualmente desacertado en las disposiciones, probaron que no obraba de mala fe sino con poco conocimiento de la estrategia.

Entran
los franceses
en Valladolid.