Los enemigos temerosos de alguna emboscada cañonearon al principio a Cabezón sin entrar en el pueblo. Con el ruido y las balas ahuyentaron a los vecinos, y solo a mediodía penetraron en las casas, saqueándolas y abrasando en las eras los efectos y ajuar que no pudieron llevar consigo. Fue el botin abundante, porque como era domingo casi todos los habitantes de Valladolid habían ido allí como a fiesta y romería, imaginándose a fuer de inexpertos segura y fácil la victoria. El camino de Cabezón estaba sembrado de despojos de innumerable gentío que precipitadamente quería ponerse en salvo. Los franceses avanzaron con lentitud, y no entraron en Valladolid hasta las cinco de la tarde. El obispo y unos cuantos regidores y ministros de la chancillería salieron a recibirlos para calmar su enojo. Respetaron la ciudad, quitaron las armas a los vecinos, se llevaron algunos en rehenes y la gravaron con una fuerte contribución. No se detuvieron sino hasta el 16 en cuyo día abandonaron la ciudad, queriendo apagar la insurrección de Santander.
Segunda
expedición
contra Santander.
El general Lassalle se apostó en Palencia para observar a Cuesta, y apoyar la expedición que iba a la Montaña capitaneada por el general Merle. Llegó este a Reinosa el 20 con fuerza considerable, y el 21 marchó sobre Lantueno. Guardaba las entradas de aquel lado Don Juan Manuel Velarde con 3000 hombres, los más paisanos, y dos piezas de grueso calibre. Cuando la primera retirada del enemigo, los españoles en vez de redoblar sus esfuerzos, descuidaron los preparativos de defensa, y la gente como nueva e indisciplinada se desbandó en parte, juzgando ya inútil su asistencia. Los franceses atacaron en dos columnas: opúsoseles escasa resistencia, pues en breve cedieron a la pericia de aquellos los nuevos reclutas, salvándose el mayor número por las fraguras, y reparándose los menos de una segunda línea de defensa, formada entre Las Fraguas y Somahoz. Estrechado allí el camino de un lado por un despeñadero y del otro por la roca Tajada, ofreció facilidad para que se le embarazase con ramas, peñascos y troncos, colocando detrás algunos cañones. Mas los españoles desmayados con el primer descalabro, y viendo que las tropas ligeras del enemigo avanzaban por su derecha e izquierda y los flanqueaban a pesar de lo escabroso del terreno, se retiraron apresuradamente, dejando libre el paso al general Merle, quien se posesionó de Santander el 23.
Por el Escudo las avanzadas de la división española que ocupaba aquel punto a las órdenes de Don Emeterio Velarde, ya el 19 reconocieron al enemigo que venía sobre ellos con 1200 infantes y 60 coraceros. Era su general el de brigada Ducos, quien había partido de Miranda de Ebro, empezando su movimiento a la misma sazón que Merle. La fuerza española era aun más flaca por esta parte que por la de Reinosa, y solo tenía un cañón servible. Rechazose sin embargo en un principio al enemigo. Disponíanse de nuevo a resistirle, cuando informado Don Emeterio de la rota experimentada por los de Lantueno, formó un consejo de guerra, y en él se decidió separarse guarecidos de la densa niebla esparcida por las montañas, y por cuya causa había cesado el fuego de una y otra parte. El general Ducos avanzó entonces, y juntándose con Merle llegó en su compañía a Santander.
Obispo
de Santander.
El obispo luego que supo que los franceses se aproximaban a la montaña, arrebatado de entusiasmo montó en una mula, y pertrechado de todas armas se encaminó adonde acampaba el ejército; pero encontrándole a poco deshecho y disperso, decayó de ánimo, y huyó como los demás refugiándose a Asturias, lo cual dio lugar a la voz de haber servido dicho prelado de guía a las tropas en aquella sazón.
Noble acción
de su junta.
Pocos días después del levantamiento de Santander había entrado de arribada en el puerto un buque francés, procedente de sus colonias y ricamente cargado. La junta en medio de sus apuros tuvo la generosidad de no aprovecharse del precioso socorro que el acaso le ofrecía, y permitió al buque seguir su viaje a Francia, dando además libertad y poniendo a su bordo al cónsul y a los otros franceses que en un principio habían sido arrestados. Acción tan noble y rara no evitó a Santander el ser molestado en lo sucesivo con derramas e imposiciones extraordinarias.
Expedición
contra Zaragoza.
El vigilante cuidado de Napoleón no se adormeció del lado de Aragón, disponiendo que el general de brigada Lefebvre-Desnouettes con 5000 hombres de infantería y 800 caballos partiese el 7 de junio de Pamplona. Llegó el 8 delante de Tudela. Los vecinos habían cortado el puente del Ebro con intento de impedir el paso; pero los franceses cruzando en barcas el río se apoderaron de la ciudad, a pesar de gente y socorros que había enviado Zaragoza a las órdenes del marqués de Lazán. Arcabucearon para escarmiento algunas personas, como si fuera delito defender sus hogares contra el extranjero: repararon el puente, y prosiguieron su marcha. El marqués de Lazán que con tropa colecticia se había adelantado hasta Tudela, Acción
de Mallén. se replegó y tomó posición el 12 junto a un olivar, apoyando su izquierda en la villa de Mallén, y la derecha en el canal de Aragón. Resistieron con valor sus soldados, mas atacando los enemigos vigorosamente uno de los flancos, comenzaron los nuestros a ciar, y del todo se desordenaron con una carga que les dieron los lanceros polacos. No por eso se abatieron los aragoneses, y todavía el 13 pelearon en Gallur, aunque también con desventaja. En la madrugada del 14 noticioso el general Palafox de la rota de la gente de su hermano, salió en persona de Zaragoza acompañado de 5000 paisanos mal armados, dos piezas de artillería, 80 caballos del regimiento de dragones del rey, con otros oficiales y soldados sueltos, y fue al encuentro del enemigo dirigiéndose a la villa de Alagón, De Alagón. cuatro leguas distante de aquella capital. Pareció oportuno posesionarse de aquel punto, cuya posición elevada entre los ríos Jalón y Ebro era además favorecida por los olivares y tapias que estrechan el camino que viene de Navarra. A las tres de la tarde colocó su gente el general Palafox más allá de la villa, distribuyendo tiradores por delante de sus flancos, y enfilando la entrada con los dos cañones que tenía. Los mal disciplinados paisanos fueron fácilmente arrollados por las tropas aguerridas del enemigo. En vano se trató de detenerlos. Sin embargo con algunos de ellos más valerosos o serenos, con los pocos soldados de línea que allí había y la artillería, defendiose por largo rato y vivamente la entrada de la villa. Al fin resolvió Palafox retirarse con 250 hombres que le quedaban, y en cuyo número se contaban soldados del primer batallón de voluntarios de Aragón y los del rey de caballería con algunos tiradores diestros. De los paisanos siendo muchos del partido de Alcañiz, se recogieron los más a sus casas, entrando por la noche con Palafox en Zaragoza los que eran de allí naturales. Los franceses entonces se aproximaron a aquella ciudad, en cuyas cercanías los dejaremos para tomar después el hilo, y no interrumpirle en la narración de su memorable sitio.