Fue aquella sumamente lóbrega, y confiados los franceses en la oscuridad se acercaron calladamente al muro, y de tal manera y con tanto arrojo que hasta hallarse muy cerca no fueron sentidos. Peleose entonces por ambos lados con braveza, alumbrados solamente por los fogonazos del cañón, y no interrumpido el silencio sino por su estruendo y los ayes de los heridos y moribundos. ¡Espantosa noche! El enemigo osó arrimar escalas al baluarte de Santa Clara. Algunos de sus soldados pusiéronse encima de la misma muralla, y apresuradamente les seguían sus compañeros, cuando una partida del regimiento de Ultonia matando a los ya encaramados, precipitó a los otros y estorbó a todos continuar en aquel intento. El fuego sin embargo no cesó hasta que el baluarte de San Narciso tirando a metralla destrozó a los acometedores y los dispersó, dejando el campo como después se vio sembrado de cadáveres y heridos. No cansados todavía los franceses renovaron el ataque a las doce de la noche, queriendo asaltar el baluarte de San Pedro, pero fueron rechazados de modo que desistieron de proseguir en su empresa, retirándose temprano por el camino de Barcelona en la mañana del 21. Aunque corta fue notable esta primer defensa de Gerona, cuya plaza tanto lustre adquirió después en otra inmediata acometida, y sobre todo en el célebre sitio del siguiente año. Los somatenes molestaron por todas partes al enemigo, habiendo impedido con su ayuda que pasase al otro lado del Ter. No fue menos que de 700 hombres la pérdida de los franceses, la de los españoles mucho más reducida.

Vuelve Duhesme
a Barcelona.

Duhesme volvió a Barcelona dejando en Mataró parte de su ejército que puso al cuidado de Chabran, y cuyo trozo compuesto de 3500 hombres fue al Vallés a buscar vituallas. Rodeados siempre los franceses por el paisanaje tuvieron en Moncada que romper a viva fuerza un cordón de somatenes, Reencuentro
de Granollers. siendo al cabo detenidos cerca de Granollers por el teniente coronel Don Francisco Miláns, quien los ahuyentó haciéndoles perder la artillería. A la retirada como de costumbre talaron y destruyeron el país por donde pasaron.

Somatenes
del Llobregat.

Al propio tiempo que tan mal parados andaban los invasores en aquella parte de Cataluña, tampoco se descuidaron sus naturales en el mediodía, formando a la margen derecha del Llobregat una línea de hombres belicosos que defendía los caminos de Garraf, Ordal y Esparraguera. Los capitaneaba Don Juan Baguet, que con los voluntarios de Lérida había la segunda vez contribuido a repeler en el Bruch a los franceses. Desde allí enviaban partidas sueltas que recorrían la tierra en todas direcciones. Incomodado Duhesme de verse así estrechado, envió contra ellos al general Lecchi, quien el 30 de junio obligó a los somatenes a abandonar su posición cogiéndoles algunos cañones y aventajándose a todos los suyos en cometer demasías. No por eso desmayaron los vencidos, apareciéndose en breve hasta en las cercanías de la misma Barcelona.

Murat.

Por este término y con éxito vario se ejecutaron las órdenes de Napoleón en Cataluña, Aragón y Castilla. Fueron parecidas las que significó para las otras provincias al gran Duque de Berg, cuya solícita diligencia procuró aniquilar en derredor suyo la semilla insurreccional que brotaba con lozanía. Insinuamos antes varias de sus providencias, y las que de consuno con la junta de Madrid se habían tomado para cortar las conmociones sin tener que venir a las manos. Inútiles fueron sus esfuerzos, como lo serán siempre todos los que se dirijan a contener por la persuasión el levantamiento de una nación entera. No le pesó quizá a Murat, a cuyo gusto y anterior vida se acomodaban más las armas que los discursos. Así fue que a veces a un tiempo y otras muy de cerca, mandó que sus tropas acompañasen o siguiesen a las proclamas y exhortaciones de la junta. Consideró como de mayor importancia las Andalucías y Valencia, y de consiguiente trató ante todo de asegurarse de aquellas provincias, mayormente habiendo dado Sevilla ya en primeros de mayo muestras de desasosiego y grave alteración.

Envía a Dupont
a Andalucía.

Dupont acantonado en Toledo recibió la orden de dirigirse a Cádiz, y el 24 del mismo mayo se puso en marcha. Llevaba consigo los dos regimientos suizos de Reding y Preux al servicio de España, la división de infantería del general Barbou compuesta de 6000 hombres y además 500 marinos de la guardia imperial, con 3000 caballos mandados por el general Fresia. Iban todos tan confiados en el buen éxito de su empresa, que Dupont señalaba de antemano al ministro de guerra de Francia el día que había de entrar en Cádiz. Atravesaron la Mancha tranquilamente, y en tal abundancia hallaban los mantenimientos que dejaron almacenados en el pósito de Santa Cruz de Mudela la galleta y víveres que a prevención traían, y de los que pocos días después se apoderaron aquellos vecinos, cogiendo también parte de los soldados que los custodiaban y matando otros. El 2 de junio penetraron los franceses por las estrechuras de Sierra Morena. Hasta allí si bien habían notado inquietud y desvío en los habitantes, ningún síntoma grave se había manifestado. En la Carolina se despertó su recelo viéndola sola y desierta; y al entrar en Andújar supieron el levantamiento general de Sevilla y la formación de una junta suprema. No por eso suspendieron su marcha, llegando al amanecer del 7 delante del puente de Alcolea. Don Pedro Agustín de Echevarri, oficial de cierto arrojo pero ignorante en el arte de la guerra, y a quien vimos al frente de la insurrección cordobesa, se había situado en aquel paraje. Tenía a sus órdenes 3000 hombres de línea, compuestos de parte de un batallón de Campo-Mayor, de soldados de varios regimientos provinciales con granaderos de los mismos, a los que se agregaba alguna caballería y un destacamento de suizos. No había entre ellos cuerpo completo que estuviese presente. El número de paisanos era más considerable, y habíase de Sevilla recibido bastante artillería. Acción
de Alcolea. Los españoles levantando una cabeza de puente, habían colocado en ella doce cañones para impedir el paso del Guadalquivir y cubrir así la ciudad de Córdoba, puesta a su margen derecha y distante unas tres leguas de las ventas de Alcolea. El puente es largo y torcido, formando un ángulo o recodo que estorba el que por él se enfilen los fuegos de cañón. A la izquierda del río se había quedado la caballería española con intento de acometer a los enemigos por el flanco y espalda al tiempo que estos comenzasen el ataque de frente. Los franceses para desembarazarse trataron de dar a aquella una vigorosa carga, la cual repetida contuvo a los jinetes españoles sin lograr desbaratarlos. A poco la infantería francesa avanzó al puente. Los fuegos bien dirigidos de la obra de campaña recién construida, y sostenida también valerosamente por el oficial Lasala que mandaba a los de Campo-Mayor y granaderos provinciales, mantuvieron por algún tiempo con firmeza la posición atacada. Pero el paisanaje todavía no fogueado, desamparando a la tropa, facilitó a los franceses escalar la posición, que levantada deprisa ni era perfecta ni estaba del todo concluida. Sin embargo la caballería española no habiendo caído en desmayo, trató de favorecer a los suyos y de nuevo y con ventaja acometió a la francesa. Dupont teniendo que enviar una brigada al socorro de su gente, no prosiguió el alcance contra los infantes españoles, los que retirándose con orden solo perdieron un cañón, cuya cureña se había descompuesto. El reencuentro duró dos horas. Costó a los franceses 200 hombres, no más a los españoles por haberse retirado tranquilamente. Echevarri juzgando que no era posible defender a Córdoba, abandonó la ciudad sin detenerse en sus muros.

Saco de Córdoba.