Llegaron a su vista los franceses a las tres de la tarde del mismo día 7 de junio. Habían los vecinos cerrado las puertas más bien para capitular que para defenderse. Entabláronse sobre ello pláticas, cuando con pretexto de unos tiros disparados de las torres del muro y de una casa inmediata, apuntaron los enemigos sus cañones contra la Puerta Nueva, hundiéndola a poco rato y sin grande esfuerzo. Metiéronse pues dentro hiriendo, matando y persiguiendo a cuantos encontraban: saquearon las casas y los templos y hasta el humilde asilo del pobre y desvalido habitante. La célebre catedral, la antigua mezquita de los árabes, rival en su tiempo en santidad de Medina y la Meca, y tan superior en magnificencia, esplendidez y riqueza, fue presa de la insaciable y destructora rapacidad del extranjero. Destruidos quedaron entonces los conventos del Carmen, San Juan de Dios y Terceros, sirviéndoles de infame lupanar la iglesia de Fuensanta y otros sitios no menos reverenciados de los naturales. Grande fue el destrozo de Córdoba, muchas las preciosidades robadas en su recinto. Ciudad de 40.000 almas, opulenta de suyo y con templos en que había acumulado mucha plata y joyas la devoción de los fieles, fue gran cebo a la codicia de los invasores. De los solos depósitos de tesorería y consolidación sacó el general Dupont más de 10.000.000 de reales, sin contar con otros muchos de arcas públicas y robos hechos a particulares. Así se entregó al pillaje una población que no había ofrecido ni intentado resistencia. Bajo fingidos motivos a fuego y sangre penetraron los franceses por sus calles, a la misma sazón que se conferenciaba. Y no satisfechos con la ruina y desolación causada, acabaron de oprimir a los desdichados moradores gravándolos con imposiciones muy pesadas. Mas tan injusto y atroz trato alcanzó en breve el merecido galardón, siendo quizá la principal causa de la pérdida posterior del ejército de Dupont el codicioso anhelo de conservar los bienes mal adquiridos en el saco de aquella ciudad.
Situación
angustiada
de los franceses.
Excesos
de los paisanos
españoles.
A pesar del triunfo conseguido el general francés andaba inquieto. Sus fuerzas no eran numerosas. La insurrección de todas partes le cercaba: con instancia pedía auxilios a Madrid cuyas comunicaciones, ya antes interrumpidas, fueron al último del todo cortadas. A su propia retaguardia el 9 de junio partidas de paisanos entraron en Andújar, y alborotada por la noche la ciudad, hicieron prisionero el destacamento francés allí apostado, y mataron al comandante con otros tres de su guardia que quisieron resistirse en casa de Don Juan de Salazar. Molestó sobre todo al enemigo Don Juan de la Torre, alcalde de Montoro, que a sus expensas había levantado un cuerpo considerable; mas cogido por sorpresa debió la vida a la generosa intercesión del general Fresia, a quien había antes hospedado y obsequiado en su casa. En el Puerto del Rey apresaron los naturales al abrigo de aquellas fraguras varios convoyes: y como en la comarca se había esparcido la voz de lo acaecido en Córdoba, hubo ocasión en que so color de desquite se ensañó el paisanaje contra los prisioneros con exquisita crueldad. Fue una de sus víctimas el general René a quien cogieron y mataron estando antes herido: lamentable suceso, pero desgraciadamente inevitable consecuencia de los desmanes cometidos en Córdoba y otros parajes por el extranjero. Pues que, si en efecto era difícil contener en una guerra de aquella clase al soldado de una nación culta como la Francia y sometido a la dura disciplina militar, cuánto no debía serlo reprimir los excesos del cultivador español, que ciego en su venganza y sin freno que le contuviese, veía talados sus campos y quemados los pacíficos hogares de sus antepasados por los mismos que poco antes preciábanse de ser amigos. Había corrido el alboroto de la Sierra hasta la Mancha, y el 5 de junio los vecinos de Santa Cruz de Mudela arremetiendo a unos 400 franceses que había en el pueblo y matando a muchos, obligaron a los demás a fugarse camino de Valdepeñas. En esta villa opusiéronse los naturales al paso de los enemigos, y estos para esquivar un duro choque, echando por fuera de la población tomaron después el camino real, aguardando a un cuarto de legua en el sitio apellidado de la Aguzadera a ser reforzados. No tardó en efecto en llegar en el mismo día, que era el 6 de junio, el general Liger-Belair procedente de Manzanares con 600 caballos, e incorporados todos revolvieron sobre Valdepeñas.
Resistencia
de Valdepeñas.
Los moradores de esta villa alentados con la anterior retirada de los franceses, y temiendo también que quisiesen vengar aquella ofensa, resolvieron impedir la entrada. Es Valdepeñas población rica de 3000 vecinos, asentada en los llanos de la Mancha, y a la que dan celebridad sus afamados vinos. Atraviésala por medio la calle llamada Real, tránsito de los que viajan de Castilla a Andalucía, y la cual tiene de largo cerca de un cuarto de legua. Aprovechándose de su extensión, dispusiéronla los habitantes de modo que en ella se entorpeciese la marcha de los franceses. La cubrieron con arena, esparciendo debajo clavos y agudos hierros; de trecho en trecho y disimuladamente ataron maromas a las rejas, cerraron y atrancaron las puertas de las casas, y embarazaron las callejuelas que salían a la principal avenida. No contentos con resistir detrás de las paredes, osaron en número de más de 1000 ponerse en fila a la orilla del pueblo. Pero viendo lo numeroso de la caballería enemiga, después de algún tiroteo se agacharon en lo interior, pertrechados de armas y medios ofensivos.
Los franceses al aproximarse enviaron por delante una descubierta, la cual según su costumbre con paso acelerado se adelantó al pueblo. Penetró, y muy luego los caballos tropezando y cayendo unos sobre otros miserablemente arrojaron a los jinetes. Entonces de todas partes llovieron sobre los derribados tiros, pedradas, ladrillazos, atormentando también sus carnes con agua y aceite hirviendo. Quisieron otros proteger a los primeros y cúpoles igual y malhadado fin. Irritado Liger-Belair con aquel contratiempo, entró la villa por los costados incendiando las casas y destrozándolas. Pasaron de 80 las que se quemaron, y muchas personas fueron degolladas hasta en los campos y las cuevas. Habían los enemigos perdido ya más de 100 hombres, al paso que la villa se arruinaba y se hundía. Conmovidos de ello y recelosos de su propia suerte, varios vecinos principales resolvieron yendo a su cabeza el alcalde mayor Don Francisco María Osorio, avistarse con el general Liger-Belair, quien temeroso también de la ruina de los suyos, escuchó las proposiciones, convino en ellas, y saliendo todos juntos con una divisa blanca, pusieron de consuno término a la matanza. Mas la contienda había sido tan reñida, que los franceses escarmentados no se atrevieron a ir adelante, y juzgaron prudente retroceder a Madridejos.
Retírase Dupont
a Andújar.
Dupont aislado, sin noticia de lo que a la otra parte de los montes pasaba, aturdido con lo que de cerca veía, pensó en retirarse; y el 16 de junio saliendo por la tarde de Córdoba se encaminó a Andújar, en donde tomó posición el 19. Desde aquel punto con objeto de abastecer a su gente, y deseoso de no abandonar el terreno sin castigar a Jaén, a la cual se achacaba haber participado del alboroto y muerte del comandante francés de Andújar, envió allí el 20 al oficial Baste con la suficiente fuerza. Saqueo de Jaén. Entraron los enemigos en la ciudad sin hallar oposición, y con todo la pillaron y maltrataron horrorosamente. Degollaron hasta niños y viejos, ejerciendo acerbas crueldades contra religiosos enfermos de los conventos de Santo Domingo y de San Agustín: tal fue el último, notable y fiero hecho cometido por los franceses en Andalucía antes de rendirse a las huestes españolas.
Expedición
de Moncey
contra Valencia.
Casi al propio tiempo determinó Murat enviar también una expedición contra Valencia. Mandábala el mariscal Moncey y se componía de 8000 hombres de tropa francesa, a los que debían reunirse guardias españolas, valonas y de Corps. Mas todos estos en su mayor parte se desbandaron pasando por atajos y trochas del lado de sus compatriotas. Moncey salió de Madrid el 4 de junio y llegó a Cuenca el 11. Deteniéndose algunos días disgustose Murat, y despachó para aguijarle al general de caballería Exelmans con otros muchos oficiales, quienes arrestados en Saelices y conducidos prisioneros a Valencia, terminaron su comisión de un modo muy diverso del que esperaban. En Cuenca fueron recibidos los franceses con tibieza mas no hostilmente. Prosiguiendo su marcha hallaron por lo general los pueblos desamparados, pronóstico que vaticinaba la resistencia con que iban a tropezar.