La junta de Valencia había en tanto adoptado las medidas vigorosas de defensa que la premura del tiempo le permitía. Recreciéronse al oír que Moncey se aproximaba del lado de Cuenca, y se dieron nuevas órdenes e instrucciones al mariscal de campo Don Pedro Adorno, a cuyo mando, como ya dijimos, se habían confiado las tropas apostadas en los desfiladeros de las Cabrillas, a donde el enemigo se dirigía. Lo más de la gente era nueva e indisciplinada y por eso convenía aprovecharse de las ventajas que ofreciese el terreno. Reencuentro del
puente Pajazo. Tratose pues de disputar primeramente a los franceses el paso del Cabriel en el puente Pajazo, en donde remata la cuesta de Contreras, y en cuya cabeza construyeron los españoles una mala batería de cuatro cañones sostenida por un trozo de un regimiento suizo, colocándose la otra tropa en diferentes puntos de dicha cuesta. Detuviéronse los franceses hasta que a duras penas por los malos senderos y escabrosidades, acercaron casi a la rastra unos cañones. Con su auxilio el 20 rompieron el fuego, y vadeando unos el río, y otros acometiendo de frente, se apoderaron de la batería española, habiendo habido muchos de los suizos que se les pasaron. Los nuevos reclutas que nunca habían sido fogueados, abandonados por aquellos veteranos no tardaron en dispersarse, replegándose parte de ellos con algunos soldados españoles a las Cabrillas.

Cundió la nueva de la derrota, súpola la junta de Valencia, y grande fue la consternación y el sobresalto. En tamaño apuro envió al ejército en comisión a su vocal el P. Rico, o ya quisiesen vengarse así algunos del estrecho en que los había metido, o ya también porque gozando de suma popularidad, pensaron otros que era aquel el modo más propio de calmar la pública agitación y alejar la desconfianza. De las Cabrillas. Obedeció Rico, y el 23 por la noche llegó a las Cabrillas, ocho leguas de Valencia, y cuyos montes parten término con Castilla. Habíanse recogido a sus cumbres los dispersos del Cabriel, y allí se encontró el P. Rico con 180 hombres del regimiento de Saboya mandados por el capitán Gamíndez, con tres cuerpos de nueva creación, algunos caballos y artilleros que habían conservado dos cañones y un obús, componiendo en todo cerca de 3000 hombres. Eran contados los oficiales veteranos, siendo el de mayor graduación el brigadier Marimón de guardias españolas. Ignorábase el paradero de Adorno. Reunidas todas aquellas reliquias se colocaron en situación ventajosa a espaldas y a legua y media del pueblo de Siete Aguas, hasta cuyas casas enviaban sus descubiertas. Gamíndez mandó el centro, la izquierda Marimón, y colocáronse guerrillas sueltas por la derecha. El 24 avanzaron los franceses, y los nuestros favorecidos de tierra tan quebrada los molestaron bastantemente. Impacientado Moncey destacó por su izquierda y del lado de la sierra de los Ajos al general Harispe con vascos acostumbrados a trepar por las asperezas del Pirineo. Encaramáronse pues a pesar de escabrosidades y derrumbaderos, y arrollando a las guerrillas, facilitaron el ataque de frente. Defendiéronse bien los de Saboya, quedando los más de ellos y los artilleros muertos junto a los cañones, y prisionero con otros su comandante Gamíndez. Lo restante de la gente bisoña huyó precipitadamente. La pérdida de los españoles fue de 600 hombres, muy inferior la de los contrarios. El mariscal Moncey al instante traspasó la sierra por el portillo de las Cabrillas, desde donde registrándose las ricas y frondosas campiñas de la huerta de Valencia, se encendió la ansiosa codicia de sus fatigados soldados. Si entonces hubiera proseguido su marcha, fácilmente se hubiera enseñoreado de la ciudad; pero obligado a detenerse el 25 en la venta de Buñol para aguardar la artillería, y queriendo adelantarse cautelosamente, dio tiempo a que Rico volviendo a Valencia al rayar el alba de aquel mismo día, apellidase guerra dentro de sus muros.

Preparativos
de defensa
en Valencia.

Está asentada Valencia a la derecha del Guadalaviar o Turia, 100.000 almas forman su población, excediendo de 60.000 las que habitan en los lugarejos, casas de campo y alquerías de sus deliciosas vegas. Ceñida de un muro antiguo de mampostería con una mala ciudadela, no podía ofrecer al enemigo larga y ordenada resistencia, si militarmente hubiera de haberse considerado su defensa. Mas a la voz de la desgracia de las Cabrillas, en lugar de abatirse, creciendo el entusiasmo al más subido punto, tomó la junta activas providencias, y los moradores no solo las ejecutaron debidamente, sino que también por sí procedieron a dar a los trabajos la amplitud y perfección que permitía la brevedad del tiempo. Sin distinción de clase ni de sexo acudieron todos a trabajar en las fortificaciones que se levantaban. En el corto espacio de sesenta horas construyéronse en las puertas baterías con sacos de tierra. En la de Cuarte, como era por donde se aguardaba al enemigo, además de dos cañones de a 24 se colocó otro en el primer piso de la torre, abriéndose una zanja ancha y profunda en medio de la calle del arrabal que embocaba la batería. A la derecha de esta puerta y antes de llegar a la de San José, entre el muro y el río, se situaron cuatro cañones y dos obuses, impidiendo lo sólido del malecón que se abriese un foso. Diose a esta obra el nombre de batería de Santa Catalina, del de una torre antes demolida y que ocupaba el mismo espacio. Lo expresamos por su importancia en la defensa. Dentro del recinto se cortaron y atajaron las calles, callejuelas y principales avenidas con carros, coches, vigas, calesas y tartanas. Tapáronse las entradas y ventanas de las casas con colchones, mesas, sillas y todo género de muebles, cubriendo por el mismo término y cuidadosamente lo alto de las azoteas o terrados. Detrás de semejantes y tan repentinos atrincheramientos estaban preparados sus dueños con armas arrojadizas y de fuego, y aun hubo mujeres que no olvidaron el aceite hirviendo. Afanados todos mutuamente se animaban, habiendo resuelto defender heroicamente sus hogares.

Refriega
en el pueblo
de Cuarte.

La junta además para dilatar el que los franceses se acercasen, trató de formar un campo avanzado a la salida del pueblo de Cuarte, distante una legua de Valencia. Le componían cuerpos de nueva formación y se había puesto a las órdenes de Don Felipe Saint-March. Situose la gente en la ermita de San Onofre a orillas del canal de regadío que atraviesa el camino que va a las Cabrillas. Entretanto Don José Caro, nombrado brigadier al principio de la insurrección, y que mandaba una división de paisanos en el ejército de Cervellón, apostado según dijimos en Almansa, corrió apresuradamente al socorro de la capital luego que supo el progreso del enemigo. A su llegada se unió a Saint-March, y juntos dispusieron el modo de contener al mariscal francés. Emboscaron al efecto en los algarrobales, viñedos y olivares que pueblan aquellos contornos, tiradores diestros y esforzados. El cuerpo principal se colocó a espaldas de una batería que enfilaba el camino hondo, por donde era de creer arremetiese la caballería enemiga y cuyo puente se había cortado. Como los generales habían previsto que al fin tendrían que ceder a la superioridad y pericia francesa, deseosos de que su retirada no causara terror en Valencia, habían pensado, Caro en tirar por la izquierda y Saint-March pasar el río por la derecha y situarse en el collado del almacén de pólvora. Pero para verificar, llegado el caso, su movimiento con orden y evitar que dispersos fueran a la ciudad, establecieron a su retaguardia una segunda línea en el pueblo de Cuarte, rompiendo el camino y guarneciendo las casas para su defensa.

Defensa
de Valencia.

A las 11 de la mañana del día 27 empezó el fuego, duró hasta las tres, siendo muy vivo durante dos horas. Al fin los franceses cruzaron el canal, y forzaron la primera línea. Caro y Saint-March se retiraron según habían convenido. Los franceses vencedores iban a perseguirlos cuando notaron que desde el pueblo de Cuarte se les hacía fuego. Molestados también por el continuado de los paisanos metidos en los cañamares de dicho pueblo, no pudieron entrarle hasta las seis de la tarde; huyendo los vecinos al amparo de las acequias, cañaverales y moreras que cubren sus campos. La pérdida fue considerable de ambas partes: la artillería quedó en poder de los franceses.

Proposición
de Moncey
para que capitule
la ciudad.

Avanzó entonces Moncey hasta el huerto de Juliá, media legua de Valencia. Por la noche pasó al capitán general conde de la Conquista un oficio para que rindiese la plaza. Fue portador el coronel Solano. Congregose la junta, a la que se unieron para deliberar en asunto tan espinoso el ayuntamiento, la nobleza e individuos de todos los gremios. El de la Conquista inclinábase a la entrega, viendo cuán imposible sería resistir con gente allegadiza, y en ciudad, por decirlo así, abierta a enemigos aguerridos. Sostuvo la misma opinión el emisario Solano y en tanto grado que se esforzó en probar no había nada que temer respecto de lo pasado, así por la condición suave y noble del mariscal francés, como también por los vínculos particulares que le enlazaban con los valencianos; lo cual aludía a conocerse en aquel reino familias del nombre de Moncey, y haber quien le conceptuara oriundo de la tierra. Así se discurría acerca de la proposición, cuando el pueblo advertido de que se negociaba, desaforadamente se agolpó a la sala de sesiones de la junta. Atemorizados los que en su seno buscaban la rendición y alentados los de la parcialidad opuesta, no se titubeó en desechar la demanda del enemigo. Y puestos todos sus individuos al frente del mismo pueblo, recorrieron la línea animando y exhortando a la pelea. Con la oportuna resolución se embraveció tanto la gente que no hubo ya otra voz que la de vencer o morir.