El 28 a las once de la mañana se rompió el fuego. Como Moncey era dueño de casi todo el arrabal de Cuarte, le fue fácil ordenar sus batallones detrás del convento de San Sebastián. A su abrigo dirigieron los enemigos sus cañones contra la puerta de Cuarte y batería de Santa Catalina. Tres veces atacaron con el mayor ímpetu del lado de la primera, y otras tantas fueron rechazados. Mandaba la batería española con mucho acierto el capitán Don José Ruiz de Alcalá, y el puesto los coroneles barón de Petrés y Don Bartolomé de Georget. Los enemigos no perdonaron medio de flanquear a los nuestros por derecha e izquierda, pero de un costado se lo estorbaron los fuegos de Santa Catalina, y del otro el graneado de fusilería que desde la muralla hacían los habitantes. El entusiasmo de los defensores tocaba en frenesí cada vez que el enemigo huía, pero siempre se mantuvo el mejor orden. Temiose por un rato carecer de metralla, y sin tardanza de las casas inmediatas se arrancaron rejas, se enviaron barras y otros utensilios de hierro que cortados en menudos pedazos pudieron suplir aquella falta, acudiendo a porfía las señoras de la clase más elevada a coser los saquillos de la recién fabricada metralla. Con tal ejemplo, ¿qué brazo varonil hubiera cedido el paso al enemigo? El capitán general, los magistrados y aun el arzobispo aparecíanse a veces en medio de aquel importante puesto dando brío con su presencia a los menos esforzados.

Moncey tratando de variar su ataque, recogió sus soldados a la cruz de Mislata, y acometió, después de un respiro, la batería de Santa Catalina, a la derecha como dijimos de la de Cuarte. Era comandante del punto el coronel Don Firmo Vallés, y de la batería Don Manuel de Velasco y Don José Soler. Dos veces y con gran furia embistieron los franceses. La primera ciaron abrasados por el fuego de cañón y el que por su flanco izquierdo les hacía la fusilería; y la segunda huyeron atropelladamente sin que los contuviesen las exhortaciones de sus jefes. No por eso desistió Moncey, y fingiendo querer atacar el muro por donde mira a la plazuela del Carbón, emprendió nueva acometida contra la batería de Santa Catalina. Vano empeño. Sus soldados repelidos dejaron el suelo empapado en su sangre. Distinguiose allí el oficial Don Santiago O’Lalor, asesinado alevemente en el propio día por mano desconocida.

Los franceses perturbados con defensa tan inesperada y recia, trataron de dar una última embestida a la ciudad. Eran las cinco de la tarde cuando avanzando Moncey con el grueso de su ejército hacia la puerta de Cuarte, hizo marchar una columna por el convento de Jesús para atacar la de San Vicente situada a la izquierda de la primera, y confiada al cuidado del coronel Don Bruno Barrera, bajo cuyas órdenes dirigían la artillería los oficiales Don Francisco Cano y Don Luis Almela. Considerábase aquella parte del muro la más flaca, mayormente su centro en donde está colocada en medio de las otras dos la puerta tapiada de Santa Lucía, antiguamente dicha de la Boatella. Empezose el ataque, y los españoles apuntaron con tal acierto sus cañones que lograron desmontar los de los enemigos, y desalojarlos del punto que ocupaban con notable matanza. Desde aquella hora que era ya la de las ocho de la noche cesó el fuego en ambas líneas. Durante los diversos ataques arrojaron los franceses a la ciudad granadas que no causaron daño.

Hechos notables
de algunos
españoles.

El padre Rico anduvo constantemente por los parajes de mayor riesgo, y coadyuvó grandemente a la defensa con su energía y brioso porte. Fue imperturbable en su valor Juan Bautista Moreno que sin fusil y con la espada en la mano alentaba a sus compañeros, y tomó a su cargo abrir y cerrar las puertas sin reparar en el peligro que a cada paso le amenazaba. Más sublime ejemplo dio aún con su conducta Miguel García, mesonero de la calle de San Vicente, quien hizo solo a caballo cinco salidas, y sacando en cada una de ellas cuarenta cartuchos los empleaba como diestro tirador atinadamente. Hechos son estos dignos de la recordación histórica, y no deben desdeñarse aunque vengan de humilde lugar. Al contrario conviene repetirlos y grabarlos en la memoria de los buenos ciudadanos, para que sean imitados en aquellos casos en que peligre la independencia de la patria.

La resistencia de Valencia aunque de corta duración tuvo visos de maravillosa. No tenía soldados que la defendiesen, habiendo salido a diversos puntos los que antes la guarnecían, ni otros jefes entendidos sino oficiales subalternos que guiaron el denuedo de los paisanos. Los franceses perdieron más de 2000 hombres, y entre ellos al general de ingenieros Cazals con otros oficiales superiores. Los españoles resguardados detrás de los muros y baterías tuvieron que llorar pocos de sus compatriotas, y ninguno de cuenta.

Retírase Moncey.

Al amanecer del 29 Don Pedro Túpper puesto de vigía en el miguelete o torre de la catedral avisó que los enemigos daban indicio de retirarse. Apenas se creía tan plausible nueva, mas bien pronto todos se cercioraron de ello viendo marchar al enemigo por Torrente para tomar la calzada que va a Almansa. La alegría fue colmada, y esperábase que el conde de Cervellón acabaría en el camino de destruir al mariscal Moncey, o por lo menos le molestaría y picaría por todos lados. Inacción
de Cervellón. Muy lejos estaba de obrar conforme al común deseo. El general español había venido a Alcira cuando supo el paso de los franceses por las Cabrillas, y su marcha sobre Valencia. Allí permaneció tranquilo, y no trató de disputar a Moncey el paso del Júcar después de su derrota delante de los muros de la capital. Tachósele de remiso, principalmente porque habiendo consultado a los oficiales superiores sobre el rumbo que en tal oportunidad convendría seguir, opinaron todos que se impidiese a los franceses cruzar el río: no abrazó su dictamen fundándose en lo indisciplinados que todavía estaban sus soldados: prudencia quizá laudable, pero amargamente censurada en aquellos tiempos.

Conducta
laudable
de Llamas.

Perjudicó también a su fama, aun en el concepto de los juiciosos, la contraposición que con la suya formó la conducta de Don Pedro González de Llamas y la de Don José Caro. A este le hemos visto acudir al socorro de Valencia, y si bien no con feliz éxito por lo menos retardó con su movimiento el progreso del enemigo, lo cual fue de suma utilidad para que se preparasen los vecinos de la ciudad a una notable y afortunada resistencia. El general Llamas que de Murcia se había acercado al puerto de Almansa, noticioso por su parte de que los franceses iban a embestir a Valencia, había avanzado rápidamente y colocádose a la espalda en Chiva, cortándoles así sus comunicaciones con el camino de Cuenca. Y después obedeciendo las órdenes de la junta provincial hostigó al enemigo hasta el Júcar, en donde se paró asombrado de que Cervellón hubiese permanecido inactivo. Prodigáronse pues alabanzas a Llamas, y achacose a Cervellón la culpa de no haber derrotado al ejército de Moncey antes de la salida del territorio valenciano. Como quiera que fuese, costole al fin el mando tal modo de comportarse, graduado por los más de reprensible timidez. Moncey prosiguió su retirada incomodado por el paisanaje, y a punto que no osaba desviarse del camino real. Pasó el 2 de julio el puerto de Almansa, y en Albacete hizo alto y dio descanso a sus fatigadas tropas.