Enfermedad
de Murat.

Entretanto no sabía el gobierno de Madrid cuál partido le convenía abrazar. Notaba con desconsuelo burladas sus esperanzas, no habiendo reprimido prontamente la insurrección de las provincias con las expediciones enviadas al intento. Temía también que las tropas desparramadas por diversos y lejanos puntos, y molestadas sin gozar de un instante de sosiego, no acabasen por perder la disciplina. Mucho contribuyó a su desconcierto la enfermedad grave de que fue acometido el gran duque de Berg en los primeros días de junio, con lo cual se hallaron los individuos de la junta faltos de un centro principal que diera unión y fuerza. Hubo entre los suyos quien le creyó envenenado, y entre los españoles no faltó también quien atribuyera su mal a castigo del cielo por las tropelías y asesinatos del 2 de mayo. Los ociosos y lenguaraces buscaban el principio en un origen impuro, dando lugar a sus sueltas palabras los deslices de que no estaba exento el duque. Mas la verdadera enfermedad de este era uno de aquellos cólicos por desgracia harto comunes en la capital del reino, y que por serlo tanto los ha distinguido en una disertación el docto Luzuriaga con el nombre de cólicos de Madrid. Agregáronsele unas tercianas tan pertinaces y recias que descaeciendo su espíritu y su cuerpo, tuvo que conformarse con el dictamen de los facultativos de trasladarse a Francia, y tomar las aguas termales de Barèges. Enfermedades
en su ejército.
Opinión
de Larrey. Provocó también a sospecha de emponzoñamiento el haber amalado muchos de los soldados franceses, y muerto algunos con síntomas de índole dudosa. Para serenar los ánimos el barón Larrey, primer cirujano del ejército invasor, examinó los alimentos, y el boticario mayor del mismo Mr. Laubert analizó detenidamente el vino que se les vendía en varias tabernas y bodegones de dentro y fuera de Madrid. Nada se descubrió de nocivo en el líquido, solamente a veces había con él mezcladas algunas sustancias narcóticas más o menos excitativas, como el agua de laurel y el pimiento que para dar fuerza suelen los vinateros y vendedores añadir al vino de la Mancha, a semejanza del óxido de plomo o sea litargirio que se emplea en algunos de Francia para corregir su acedía. La mixtión no causaba molestia a los españoles por la costumbre, y sobre todo por su mayor sobriedad: dañó extremadamente a los franceses no habituados a aquella bebida, y que abusaban en sumo grado de los vinos fuertes y licorosos de nuestro terruño. El examen y declaración de Larrey y Laubert tranquilizó a los franceses, recelosos de cualquiera asechanza de parte de un pueblo gravemente ofendido; pero el de España con dificultad hubiera recurrido para su venganza a un medio que no le era usual, cuando tantos otros justos y nobles se le presentaban.

Savary sucede
a Murat.

En lugar de Murat envió Napoleón a Madrid al general Savary, el que llegó el 15 de junio. No agradó la elección a los franceses, habiendo en su ejército muchos que por su graduación y militar renombre reputábanse como muy superiores. Asimismo en el concepto de algunos menoscababa la estimación de la persona escogida, el haber sido con frecuencia empleada en comisiones más propias de un agente de policía que de quien había servido en la carrera honorífica de las armas. No era tampoco entre los españoles juzgado Savary con más ventaja, porque habiendo sido el celador asiduo del viaje de Fernando, coadyuvó con palabras engañosas a arrastrarle a Bayona. Sin embargo su nombre no era ni tan conocido ni odiado como el de Murat: además llegó en sazón en que muy poco se curaban en las provincias de lo que se hacía o deshacía en Madrid. Asuntos inmediatos y de mayor cuantía embargaban toda la atención.

Singular
comisión
de Savary.

El encargo confiado a Savary era nuevo y extraño en su forma. Autorizado con iguales facultades que el lugarteniente Murat, no le era lícito poner su firma en resolución alguna. Al general Belliard tocaba con la suya legalizarlas. El uno leía las cartas, oficios e informes dirigidos al lugarteniente; respondía, determinaba: el otro ceñíase a manera de una estampilla viva a firmar lo que le era prescrito. Los decretos se encabezaban a nombre del gran duque como si estuviese presente o hubiese dejado sus poderes a Savary, y este disponiendo en todo soberanamente, incomodaba a varios de los otros jefes que se consideraban desairados.

Su conducta.

Para mostrar que él era la suprema cabeza, a su llegada se alojó en palacio, y tomó sin tardanza providencias acomodadas al caso. Prosiguió las fortificaciones del Retiro, y construyó un reducto alrededor de la fábrica real de porcelana allí establecida, y a que dan el nombre de casa de la China, en donde almacenó las vituallas y municiones de guerra. Pensó después en sostener los ejércitos esparcidos por las provincias. Tal había sido la orden verbal de Napoleón, quien juzgaba, «ser lo más importante ocupar muchos puntos, a fin de derramar por todas partes las novedades que había querido introducir...» Conforme a ella e incierto de la suerte de Dupont, cuya correspondencia estaba cortada, Envía a Vedel
para reforzar
a Dupont. resolvió Savary reforzarle con las tropas mandadas por el general Vedel que se hallaban en Toledo. Ascendían a 6000 infantes y 700 caballos con doce cañones. El 19 de junio salieron de aquella ciudad, juntándoseles en el camino los generales Roize y Liger-Belair con sus destacamentos, los cuales hemos visto fueron compelidos a recogerse a Madridejos por la insurrección general de la Mancha.

Los franceses por todas partes se encontraban con pueblos solitarios, incomodándoles a menudo los tiros del paisanaje oculto detrás de los crecidos panes, y ¡ay de aquellos que se quedaban rezagados! No obstante asomaron sin notable contratiempo a Despeñaperros en la mañana del 26 de junio. Paso de
Sierra Morena. La posición estaba ocupada por el teniente coronel español Don Pedro Valdecañas empleado antes en la persecución de contrabandistas por aquellas sierras, y ahora apostado allí con objeto de que colocándose a la retaguardia de Dupont, le interceptase la correspondencia e impidiese el paso de los socorros que de Madrid le llegasen. Había atajado el camino en lo más estrecho con troncos, ramas y peñascos, desmoronándole del lado del despeñadero, y situando detrás seis cañones. Paisanos los más de su tropa, y él mismo poco práctico en aquella clase de guerra, desaprovechó la superioridad que le daba el terreno. Cedieron luego los nuestros al ataque bien concertado de los franceses, perdieron la artillería, y Vedel prosiguió sin embarazo a la Carolina, en cuya ciudad se le incorporó un trozo de gente que le enviaba Dupont a las órdenes del oficial Baste, el saqueador de Jaén. Llevada pues a feliz término la expedición, creyó Vedel conveniente enviar atrás alguna tropa para reforzar ciertos puntos que eran importantes, y conservar abierta la comunicación. Por lo demás bien que pareciesen cumplidos los deseos del enemigo en la unión de Vedel y Dupont, pudiendo no solo corresponder libremente con Madrid, mas aun hacer rostro a los españoles y desbaratar sus mal formadas huestes: no tardaremos en ver cuán de otra manera de lo que esperaban remataron las cosas.

Refuerzos
enviados
a Moncey.