Aquejábale igualmente a Savary el cuidado de Moncey, cuya suerte ignoraba. Después de haberse adelantado este mariscal más allá de la provincia de Cuenca, habían sido interrumpidas sus comunicaciones, hechos prisioneros soldados suyos sueltos y descarriados, y aun algunas partidas. Juntándose pues número considerable de paisanos alentados con aquellos que calificaban de triunfos, fue necesario pensar en dispersarlos. Con este objeto se ordenó al general Caulincourt apostado en Tarancón, que marchase con una brigada sobre Cuenca. Caulincourt
saquea a Cuenca. Dio vista a la ciudad el 3 de julio, y una gavilla de hombres desgobernada le hizo fuego en las cercanías a bulto y por corto espacio. Bastó semejante demostración para entregar a un horroroso saco aquella desdichada ciudad. Hubo regidores e individuos del cabildo eclesiástico que saliendo con bandera blanca quisieron implorar la merced del enemigo; mas resuelto este al pillaje sin atender a la señal de paz, los forzó a huir recibiéndolos a cañonazos. Espantáronse a su ruido los vecinos y casi todos se fugaron, quedando solamente los ancianos y enfermos y cinco comunidades religiosas. No perdonaron los contrarios casa ni templo que no allanasen y profanasen. No hubo mujer por enferma o decrépita que se libertase de su brutal furor. Al venerable sacerdote Don Antonio Lorenzo Urbán, de edad de ochenta y tres años, ejemplar por sus virtudes, le traspasaron de crueles heridas, después de recibir de sus propias manos el escaso peculio que todavía su ardiente caridad no había repartido a los pobres. Al franciscano P. Gaspar Navarro, también octogenario, atormentáronle crudamente para que confesase dinero que no tenía. Otras y no menos crueles, bárbaras y atroces acciones mancharon el nombre francés en el no merecido saco de Cuenca.

No satisfecho Savary con el refuerzo que se enviaba a Moncey al mando de Caulincourt, despachó otro nuevo a las órdenes del general Frère, Frère. el mismo que antes había ido a apaciguar a Segovia. Llegó este a Requena el 5 de julio, donde noticioso de que Moncey se retiraba del lado de Almansa, y de estar guardadas las Cabrillas por el general español Llamas, revolvió sobre San Clemente, y se unió con el mariscal. Poco después informado Savary de haberse puesto en cobro las reliquias de la expedición de Valencia, y deseoso de engrosar su fuerza en derredor suyo, mandó a Caulincourt y a Frère que se restituyesen a Madrid: con lo que enflaquecido el cuerpo de Moncey y quizá ofendido este de que un oficial inferior en graduación y respetos pudiese disponer de la gente que debía obedecerle, desistió de toda empresa ulterior, y se replegó a las orillas del Tajo.

Los franceses que esparcidos no habían conseguido las esperadas ventajas, comenzaron a pensar en mudar de plan, y reconcentrar más sus fuerzas. Napoleón sin embargo tenaz en sus propósitos insistía en que Dupont permaneciese en Andalucía, al paso que mereció su desaprobación el que le enviasen continuados refuerzos. Segundo refuerzo
llevado a Dupont
por el general
Gobert. Savary inmediato al teatro de los acontecimientos, y fiado en el favor de que gozaba, tomó sobre sí obrar por rumbo opuesto, e indicó a Dupont la conveniencia de desamparar las provincias que ocupaba. Para que con más desembarazo pudiera este jefe efectuar el movimiento retrógrado, dirigió aquel sobre Manzanares al general Gobert con su división, en la que estaba la brigada de coraceros que había en España. Mas Dupont ya fuese temor de su posición, o ya deseos de conservarse en Andalucía, ordenó a Gobert que se le incorporase, y este se sometió a dicho mandato después de dejar un batallón en Manzanares y otro en el Puerto del Rey.

Desatiende
a Bessières.

Tan discordes andaban unos y otros, como acontece en tiempos borrascosos, estando solo conformes y empeñados en aumentar fuerzas hacia el mediodía. Y al mismo tiempo el punto que más urgía auxiliar que era el de Bessières, amenazado por las tropas de Galicia, León y Asturias, quedaba sin ser socorrido. Claro era que una ventaja conseguida por los españoles de aquel lado, comprometería la suerte de los franceses en toda la península, interrumpiría sus comunicaciones con la frontera, y los dejaría a ellos mismos en la imposibilidad de retirarse. Pues a pesar de reflexión tan obvia desatendiose a Bessières, y solo tarde y con una brigada de infantería y 300 caballos se acudió de Madrid en su auxilio. Felizmente para el enemigo la fortuna le fue allí más favorable; merced a la impericia de ciertos jefes españoles.

Cuesta.

Después de la batalla de Cabezón se había retirado a Benavente el general Cuesta. Recogió dispersos, prosiguió los alistamientos, y se le juntaron el cuerpo de estudiantes de León y y el de Covadonga de Asturias. Diéronse en aquel punto las primeras lecciones de táctica a los nuevos reclutas, se los dividió en batallones que llamaron tercios, y esmerose en instruirlos don José de Zayas. De esta gente se componía la infantería de Cuesta, limitándose la caballería al regimiento de la Reina y guardias de Corps que estuvieron en Cabezón, y al escuadron de carabineros que antes había pasado a Asturias. Era ejército endeble para salir con él a campaña, si las tropas de la última provincia y las de Galicia no obraban al propio tiempo y mancomunadamente. Por lo cual con instancia pidió el general Cuesta que avanzasen y se le reuniesen. La junta de Asturias propensa a condescender con sus ruegos, fue detenida por las oportunas reflexiones de su presidente el marqués de Santa Cruz de Marcenado, manifestando en ellas que lejos de acceder, se debía exhortar al capitán general de Castilla a abandonar sus llanos y ponerse al abrigo de las montañas; pues no teniendo soldados ni unos ni otros sino hombres, infaliblemente serían deshechos en descampado, y se apagaría el entusiasmo que estaba tan encendido. Convencida la junta de lo fundado de las razones del marqués, acordó no desprenderse de su ejército, y solo por halagar a la multitud consintió en que quedase unido a los castellanos el regimiento de Covadonga, compuesto de más de 1000 hombres, y mandado por Don Pedro Méndez de Vigo, y además que otros tantos bajasen a León del puerto de Leitariegos a las órdenes del mariscal de campo conde de Toreno, padre del autor.

También encontró en Galicia la demanda de Cuesta graves dificultades. Había sido el plan de Filangieri fortificar a Manzanal, y organizar allí y en otros puntos del Bierzo sus soldados, antes de aventurar acción alguna campal. Mas la junta de Galicia atenta a la quebrantada salud de aquel general y al desvío con que por extranjero le miraban algunos, relevándole del mando activo, le había llamado a la Coruña, y nombrado en su lugar al cuartel maestre general Don Joaquín Blake. Púsose este al frente del ejército el 21 de junio, y perseguido Filangieri de adversa estrella pereció como hemos dicho el 24. Persistió Blake en el plan anterior de adiestrar la tropa, esperando que con los cuerpos que había en Galicia, los de Oporto y nuevos alistados, conseguiría armar y disciplinar 40.000 hombres. La inquietud de los tiempos le impidió llevar su laudable propósito a cumplido efecto. Deseoso de examinar y reconocer por sí la sierra y caminos de Foncebadón y Manzanal había salido de Villafranca, Ejército
de Galicia
después
de la muerte
de Filangieri. y pareciéndole conveniente tomar posición en aquellas alturas que forman una cordillera avanzada de la del Cebrero y Piedrafita, límite de Galicia, se situó allí extendiendo su derecha hasta el Monte Teleno que mira a Sanabria, y su izquierda hacia el lado de León por la Cepeda. Así no solamente guarecía todas las entradas principales de Galicia, sino también disfrutaba de los auxilios que ofrecía el Bierzo. Empezaba pues a poner en planta su intento de ejercitar y organizar su gente, cuando el 28 de junio se le presentó Don José de Zayas rogándole a nombre del general Cuesta que con todo o parte de su ejército avanzase a Castilla. Negose Blake, y entonces pasó el comisionado a avistarse con la junta de la Coruña de quien aquel dependía. La desgracia ocurrida con Filangieri, el terror que infundió su muerte, las instancias de Cuesta y los deseos del vulgo que casi siempre se gobierna más bien por impulso ciego que por razón, lograron que triunfase el partido más pernicioso; habiéndose prevenido a Blake que se juntase con el ejército de Castilla en las llanuras. Poco antes de haber recibido la orden redujo aquel general a cuatro divisiones las seis en que a principios de junio se había distribuido la fuerza de su mando, ascendiendo su número a unos 27.000 hombres de infantería, con más de 30 piezas de campaña y 150 caballos de distintos cuerpos. Tomó otras disposiciones con acierto y diligencia, y si al saber y práctica militar que le asistía se le hubiera agregado la conveniente fortaleza o mayor influjo para contrarrestar la opinión vulgar, hubiera al fin arreglado debidamente el ejército puesto a sus órdenes. Mas oprimido bajo el peso de aquella, tuvo que ceder a su impetuoso torrente, y pasar en los primeros días de julio a unirse en Benavente con el general Cuesta. Dejó solo en Manzanal la segunda división compuesta de cerca de 6000 hombres a las órdenes del mariscal de campo Don Rafael Martinengo, y en la Puebla de Sanabria un trozo de 1000 hombres a las del marqués de Valladares, el que obró después en Portugal de concierto con el ejército de aquella nación. Llegado que fue a Benavente con las otras tres divisiones, dejó allí la tercera al mando del brigadier Don Francisco Riquelme sirviendo como de reserva, y constando de 5000 hombres. Púsose en movimiento camino de Rioseco con la primera y cuarta división acaudilladas por el jefe de escuadra Don Felipe Jado Cagigal y el mariscal de campo marqués de Portago; llevó además el batallón de voluntarios de Navarra que pertenecía a la tercera. Se había también arreglado para la marcha una vanguardia que guiaba el conde de Maceda, grande de España, y coronel del regimiento de infantería de Zaragoza. Ascendía el número de esta fuerza a 15.000 hombres, la cual formaba con la de Cuesta un total de 22.000 combatientes. Contábanse entre unos y otros muchos paisanos vestidos todavía con su humilde y tosco traje, y no llegaban a 500 los jinetes. Reunidos ambos generales tomó el mando el de Castilla como más antiguo, si bien era muy inferior en número y calidad su tropa. No reinaba entre ellos la conveniente armonía. Repugnábanle a Blake muchas ideas de Cuesta, y ofendíase este de que un general nuevamente promovido y por una autoridad popular pudiese ser obstáculo a sus planes. Pero el primero por desgracia sometiéndose a la superioridad que daban al de Castilla los años, la costumbre del mando y sobre todo ser su dictamen el que con más gusto y entusiasmo abrazaba la muchedumbre, no se opuso según hemos visto a salir de Benavente ni al tenaz propósito de ir al encuentro del enemigo por las llanuras que se extendían por el frente.

Batalla
de Rioseco,
14 de julio.

Noticiosos los franceses del intento de los españoles quisieron adelantárseles, y el 9 salió de Burgos el general Bessières. No estaban el 13 a larga distancia ambos ejércitos, y al amanecer del 14 de julio se avistaron sus avanzadas en Palacios, legua y media distante de Rioseco. El de los franceses constaba de 12.000 infantes y más de 1500 caballos: superior en número el de los españoles era inferiorísimo en disciplina, pertrechos y sobre todo en caballería, tan necesaria en aquel terreno, siendo de admirar que con ejército tan novel y desapercibido se atreviese Cuesta a arriesgar una acción campal.