La desunión que había entre los generales españoles, si no del todo manifiesta todavía, y la condición imperiosa y terca del de Castilla, impidieron que de antemano se tomasen mancomunadamente las convenientes disposiciones. Blake, en la tarde del 13, al aviso de que los franceses se acercaban, pasó desde Castromonte, en donde tenía su cuartel general, a Rioseco, en cuya ciudad estaba el de Cuesta, y juntos se contentaron con reconocer el camino que va a Valladolid, persuadido el último que por allí habían de atacar los franceses. A esto se limitaron las medidas previamente combinadas.
Volviendo Don Joaquín Blake a su campo, preparó su gente, reconoció de nuevo el terreno, y a las dos de la madrugada del 14 situó sus divisiones en el paraje que le pareció más ventajoso, no esperando grande ayuda de la cooperación de Cuesta. Empezó sin embargo este a mover su tropa en la misma dirección a las cuatro de la mañana; pero de repente hizo parada, sabedor de que el enemigo avanzaba del lado de Palacios a la izquierda del camino que de Rioseco va a Valladolid. Advertido Blake tuvo también que mudar de rumbo y encaminarse a aquel punto. Ya se deja discurrir de cuánto daño debió de ser para alcanzar la victoria movimiento tan inesperado, teniendo que hacerse por paisanos y tropas bisoñas. Culpa fue grande del general de Castilla no estar mejor informado en un tiempo en que todos andaban solícitos en acechar voluntariamente los pasos del ejército francés. Cuesta temiendo ser atacado pidió auxilio al general Blake, quien le envió su cuarta división al mando del marqués de Portago, y se colocó él mismo con la vanguardia, los voluntarios de Navarra y primera división en la llanura que a manera de mesa forma lo alto de una loma puesta a la derecha del camino que media entre Rioseco y Palacios, y a cuyo descampado llaman los naturales campos de Monclín. Constaba esta fuerza de 9000 hombres. No era respetable la posición escogida, siendo por varios puntos de acceso no difícil. Cuesta se situó detrás a la otra orilla del camino, dejando entre sus cuerpos y los de Blake un claro considerable. Mantúvose así apartado por haber creído, según parece, que eran franceses los soldados del provincial de León que se mostraron a lo lejos por su izquierda, y quizá también llevado de los celos que le animaban contra el otro general su compañero.
Al avanzar dudó un momento el mariscal Bessières si acometería a los españoles, imaginándose que eran muy superiores en número a los suyos. Pero habiendo examinado de más cerca la extraña disposición, por la cual quedaba un claro en tanto grado espacioso que parecían las tropas de su frente más bien ejércitos distintos que separados trozos de uno mismo y solo, recordó lo que había pasado allá en Cabezón, y arremetiendo sin tardanza resolvió interponerse entre Blake y Cuesta. Había juzgado el francés que eran dos líneas diversas, y que la ignorancia e impericia de los jefes había colocado a los soldados tan distantes unos de otros. Difícil era por cierto presumir que el interés de la patria, o por lo menos el honor militar, no hubiese acallado en un día de batalla mezquinas pasiones. Nosotros creemos que hubo de parte de Cuesta el deseo de campear por sí solo y acudir al remedio de la derrota luego que hubiese visto destrozado en parte o por lo menos muy comprometido a su rival. No era dado a su ofendido orgullo descubrir lo arriesgado y aun temerario de tal empresa. De su lado Blake hubiera obrado con mayor prudencia si conociendo la inflexible dureza de Cuesta, hubiese evitado exponerse a dar batalla con una parte reducida de su ejército.
Prosiguiendo Bessières en su propósito ordenó que el general Merle y Sabatier acometiesen el primero la izquierda de la posición de Blake y el segundo su centro. Iba con ellos el general Lassalle acompañado de dos escuadrones de caballería. Resistieron con valor los nuestros, y muchos aunque bisoños aguantaron la embestida, como si estuvieran acostumbrados al fuego de largo tiempo. Sin embargo el general Merle encaramándose del lado del camino por el tajo de la meseta, los nuestros comenzaron a ciar, y a desordenarse la izquierda de Blake. En tanto avanzaba Mouton para acometer a los de Cuesta, e interponerse entre los dos grandes y separados trozos del ejército español. A su vista los carabineros reales y guardias de Corps, sin aguardar aviso se movieron y en una carga bizarrísima arrollaron las tropas ligeras del enemigo, y las arrojaron en una torrentera de las que causan en aquel país las lluvias. Fue al socorro de los suyos la caballería de la guardia imperial, y nuestros jinetes cediendo al número se guarecieron de su infantería. Cayeron muertos en aquel lance los ayudantes mayores de carabineros Escobedo y Chaperón, lidiando este bravamente y cuerpo a cuerpo con varios soldados del ejército contrario. Arreciando la pelea, se adelantó la cuarta división de Galicia, puesta antes a las órdenes inmediatas de Cuesta con consentimiento de Blake. Dicen unos que obró por impulso propio, otros por acertada disposición del primer general. Iban en ella dos batallones de granaderos entresacados de varios regimientos, el provincial de Santiago y el de línea de Toledo, a los que se agregaron algunos bisoños entre otros el de Covadonga. Arremetieron con tal brío que fueron los franceses rechazados y deshechos, cogiendo los nuestros cuatro cañones. Momento apurado para el enemigo y que dio indicio de cuán otro hubiera sido el éxito de la batalla a haber habido mayor acuerdo entre los generales españoles. Mas la adquirida ventaja duró corto tiempo. En el intervalo había crecido el desorden y la derrota en las tropas de Blake. En balde este general había querido contener al enemigo con la columna de granaderos provinciales que tenía como en reserva. Estos no correspondieron a lo que su fama prometía por culpa en gran parte de algunos de los jefes. Fueron como los demás envueltos en el desorden, y caballos enemigos que subieron a la altura acabaron de aumentar la confusión. Entonces Merle más desembarazado revolvió sobre la cuarta división que había alcanzado la ventaja arriba indicada, y flanqueándola por su derecha la contuvo y desconcertó. Los franceses luego acometieron intrépidamente por todos lados, extendiéronse por la meseta o alto de la posición de Blake, y todo lo atropellaron y desbarataron, apoderándose de nuestras no aguerridas tropas la confusión y el espanto. Individualmente hubo soldados, y sobre todo oficiales que vendieron caras sus vidas, contándose entre los más valerosos al ilustre conde de Maceda, quien, pródigo de su grande alma, cual otro Paulo, prefirió arrojarse a la muerte antes que ver con sus ojos la rota de los suyos. Vanos fueron los esfuerzos del general Blake y de los de su estado mayor, particularmente de los distinguidos oficiales Don Juan Moscoso, Don Antonio Burriel y Don José Maldonado para rehacer la gente. Eran sordos a su voz los más de los soldados, manteniéndose por aquel punto solo unido y lidiando el batallón de voluntarios de Navarra mandado por el coronel Don Gabriel de Mendizábal. Cundiendo el desorden no fue tampoco dable a Cuesta impedir la confusión de los suyos, y ambos generales españoles se retiraron a corta distancia uno de otro sin ser muy molestados por el enemigo; pero entre sí con ánimo más opuesto y enconado. Tomaron el camino de Villalpando y Benavente. Pasó de 4000 la pérdida de los nuestros entre muertos, heridos, prisioneros y extraviados, con varias piezas de artillería. De los contrarios perecieron unos 300 y más de 700 fueron los heridos. Lamentable jornada debida a la obstinada ceguedad e ignorancia de Cuesta, al poco concierto entre él y Blake, y a la débil y culpable condescendencia de la junta de Galicia. La tropa bisoña y aun el paisanaje habiendo peleado largo rato con entusiasmo y denuedo, claramente mostraron lo que con mayor disciplina y mejor acuerdo de los jefes hubieran podido llevar a glorioso remate. Mucho perjudicó a la causa de la patria tan triste suceso. Se perdieron hombres, se consumieron en balde armas y otros pertrechos, y sobre todo se menoscabó en gran manera la confianza.
Rioseco pagó duramente la derrota padecida casi a sus puertas. Nunca pudo autorizar el derecho de la guerra el saqueo y destrucción de un pueblo que por sí no había opuesto resistencia. Mas el enemigo con pretexto de que soldados dispersos habían hecho fuego cerca de los arrabales, entró en la ciudad matando por calles y plazas. Los vecinos que quisieron fugarse murieron casi todos a la salida. Allanaron los franceses las casas, los conventos y los templos, destruyeron las fábricas, robándolo todo y arruinándolo. Quitaron la vida a mozos, ancianos y niños, a religiosos y a varias mujeres, violándolas a presencia de sus padres y maridos. Lleváronse otras al campamento, abusando de ellas hasta que hubieron fallecido. Quemaron más de cuarenta casas, y coronaron tan horrorosa jornada con formar de la hermosa iglesia de Santa Cruz un infame lupanar, en donde fueron víctima del desenfreno de la soldadesca muchas monjas, sin que se respetase aun a las muy ancianas. No pocas horas duró el tremendo destrozo.
Avanza
Bessières
a León.
Bessières después de avanzar hasta Benavente persiguió a Cuesta camino de León, a cuya ciudad llegó este el 17, abandonándola en la noche del 18 para retirarse hacia Salamanca. El general francés que había dudado antes si iría o no a Portugal, sabiendo este movimiento y el que Blake y los asturianos se habían replegado detrás de las montañas, desistió de su intento y se contentó con entrar en León y recorrer la tierra llana. Su
correspondencia
con Blake. Desde el 22 abrió el mariscal francés correspondencia con Blake haciéndole proposiciones muy ventajosas para que él y su ejército reconociesen a José. Respondiole el general español con firmeza y decoro, concluyendo los tratos con una carta de este demasiadamente vanagloriosa, y una respuesta de su contrario atropellada y en que se pintaba el enfado y despecho.
La batalla de Rioseco, fatal para los españoles, llenó de júbilo a Napoleón, comparándola con la de Villaviciosa que había asegurado la corona en las sienes de Felipe V. Satisfecho con la agradable nueva, o más bien sirviéndole de honroso y simulado motivo, abandonó a Bayona, de donde el 21 de julio por la noche salió para París, visitando antes los departamentos del mediodía. No fue la vez primera ni la única en que alejándose a tiempo, procuraba que sobre otros recayesen las faltas y errores que se cometían en su ausencia.
Viaje de José
a Madrid.
José, a quien dejamos a la raya de España y pisando su territorio, el 9 de julio había seguido su camino a cortas jornadas. A doquiera que llegaba acogíanle friamente; las calles de los pueblos estaban en soledad y desamparo, y no había para recibirle sino las autoridades que pronunciaban discursos, forzadas por la ocupación francesa. El 16 supo en Burgos las resultas de la batalla de Rioseco, con lo que más desahogadamente le fue lícito continuar su viaje a Madrid. En el tránsito quiso manifestarse afable, lo cual dio ocasión a los satíricos donaires de los que le oían. Porque poco práctico en la lengua española, alteraba su pureza con vocablos y acento de la italiana, y sus arengas en vez de cautivar los ánimos solo los movían a risa y burla.