Su entrada
en la capital.

El 20 en fin llegó a Chamartín a mediodía y se apeó en la quinta del duque del Infantado, disponiéndose a hacer su entrada en Madrid. Verificola pues en aquella propia tarde a las seis y media, yendo por la puerta de Recoletos, calle de Alcalá y Mayor hasta palacio. Habían mandado colgar y adornar las casas. Raro o ninguno fue el vecino que obedeció. Venía escoltado para seguridad y mayor pompa de mucha infantería y caballería, generales y oficiales de estado mayor, y contados españoles de los que estaban más comprometidos. Interrumpíase la silenciosa marcha con los solos vivas de algunos franceses establecidos en Madrid, y con el estruendo de la artillería. Las campanas en lugar de tañer como a fiesta las hubo que doblaron a manera de día de difuntos. Pocos fueron los habitantes que se asomaron o salieron a ver la ostentosa solemnidad. Y aun el grito de uno que prorrumpió en viva Fernando VII, causó cierto desorden por el recelo de alguna oculta trama. Recibimiento que representaba al vivo el estado de los ánimos, y singular en su contraste con el que se había dado a Fernando VII en 24 de marzo. Asemejose muy mucho al de Carlos de Austria en 1710, en el que se mezclaron con los pocos vítores que le aplaudían, varios que osaron aclamar a Felipe V. Pero José no se ofendió ni de extraños clamores ni de la expresiva soledad como el austriaco. Este al llegar a la puerta de Guadalajara torció a la derecha y se salió por la calle de Alcalá diciendo: «que era una corte sin gente.» José se posesionó de Palacio y desde luego admitió a cumplimentarle a las autoridades, consejos y principales personas al efecto citadas.

Retrato de José.

Ahora no parecerá fuera de propósito que nos detengamos a dar una idea, si bien sucinta, del nuevo rey, de su carácter y prendas. Comenzaremos por asentar con desapasionada libertad, que en tiempos serenos y asistido de autoridad, si no más legítima por lo menos de origen menos odioso, no hubiera el intruso deshonrado el solio, mas sí cooperado a la felicidad de España. José había nacido en Córcega, año de 1768. Habiendo estudiado en el colegio de Autun en Borgoña, volvió a su patria en 1785 en donde después fue individuo de la administración departamental, a cuya cabeza estaba el célebre Paoli. Casado en 1794 con una hija de Mr. Clary, hombre de los más acaudalados de Marsella, acompañó al general Bonaparte en su primera campaña de Italia. Hallábase embajador en Roma a la sazón que sublevándose el pueblo acometió su palacio y mató a su lado al general Duphot. Miembro a su regreso del consejo de los Quinientos, defendió con esfuerzo a su hermano que entonces en Egipto era vivamente atacado por el directorio. Después de desempeñar comisiones importantes y de haber firmado el concordato con el Papa, los tratados de Luneville, Amiens y otros, tomó asiento en el senado. Mas cuando Napoleón convirtió la Francia en un vasto campo militar y sus habitantes en soldados, ciñó a su hermano la espada, dándole el mando del cuarto regimiento de línea, uno de los destinados al tan pregonado desembarco de Inglaterra. No descolló empero en las armas, cual conviniera al que fue a domeñar después una nación fiera y altiva como la española. Al subir Napoleón al trono ofreció a José la corona de Lombardía que se negó a admitir, accediendo en 1806 a recibir la de Nápoles, cuyo reino gobernó con algún acierto. Fue en España más desgraciado a pesar de las prendas que le adornaban. Nacido en la clase particular y habiendo pasado por los vaivenes y trastornos de una gran revolución política, poseía a fondo el conocimiento de los negocios públicos y el de los hombres. Suave de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y delicado en sus modales, hubiera cautivado a su partido las voluntades españolas, si antes no se las hubiera tan gravemente lastimado en su pundonoroso orgullo. Además la extrema propensión de José a la molicie y deleites oscureciendo algún tanto sus bellas dotes, dio ocasión a que se inventasen respecto de su persona ridículas consejas y cuentos creídos por una multitud apasionada y enemiga. Así fue que no contentos con tenerle por ebrio y disoluto, deformáronle hasta en su cuerpo fingiendo que era tuerto. Su misma locución fácil y florida perjudicole en gran manera, pues arrastrado de su facundia se arrojaba, como hemos advertido, a pronunciar discursos en lengua que no le era familiar, cuyo inmoderado uso unido a la fama exagerada de sus defectos, provocó a componer farsas populares que, representadas en todos los teatros del reino, contribuyeron no tanto al odio de su persona como a su desprecio, afecto del ánimo más temible para el que anhela afianzar en sus sienes una corona. Por tanto, José, si bien enriquecido de ciertas y laudables calidades, carecía de las virtudes bélicas y austeras que se requerían entonces en España, y sus imperfecciones, débiles lunares en otra coyuntura, ofrecíanse abultadas a los ojos de una nación enojada y ofendida.

Su proclamación.

Los pocos días que el nuevo rey residió en Madrid se pasaron en ceremonias y cumplidos. Señalose el 25 de julio para su proclamación. Prefirieron aquel día por ser el de Santiago, creyendo así agradar a la devoción española que le reconocía como patrón del reino. Hizo las veces de alférez mayor el conde de Campo de Alange, estando ausente y habiendo rehusado asistir el marqués de Astorga a quien de derecho competía.

Su
reconocimiento.

Todas las autoridades, después de haber cumplimentado a José, le prestaron, con los principales personajes, juramento de fidelidad. Solo se resistieron el consejo de Castilla Consejo
de Castilla. y la sala de alcaldes. Muy de elogiar sería la conducta del primero, si con empeño y honrosa porfía se hubiera antes constantemente opuesto a las resoluciones de la autoridad intrusa. Había sí a veces suprimido la fórmula, al publicar sus decretos, de que estos se guardasen y cumpliesen, pero imprimiéndose y circulándose a su nombre: el pueblo, que no se detenía en otras particularidades, achacaba al consejo y vituperaba en él la autorización de tales documentos, y los hombres entendidos deploraban que se sirviese de un efugio indigno de supremos magistrados. Porque al paso que doblaban la cerviz al usurpador, buscaban con sutilezas e impropios ardides un descargo a la severa responsabilidad que sobre ellos pesaba: proceder que los malquistó con todos los partidos.

Desde la llegada de José a España habíase ordenado al consejo que se dispusiese a prestar el debido juramento. En el 22 de julio expresamente se le reiteró cumpliese con aquel acto, según lo prevenido en la constitución de Bayona, la cual ya de antemano se le había ordenado que circulase. El consejo sabedor de la resistencia general de las provincias, y previendo el compromiso a que se exponía, había procurado dar largas, y no antes del 24 respondió a las mencionadas órdenes. En dicho día remitió dos representaciones que abrazaban ambos puntos el del juramento y el de la constitución. A cerca de la última expuso: «que él no representaba a la nación, y sí únicamente las cortes, las que no habían recibido la constitución. Que sería una manifiesta infracción de todos los derechos más sagrados el que tratándose, no ya del establecimiento de una ley sino de la extinción de todos los códigos legales y de la formación de otros nuevos, se obligase a jurar su observancia antes que la nación los reconociese y aceptase.» Justa y saludable doctrina de que en adelante se desvió con frecuencia el mismo consejo.

Hasta en el presente negocio cedió al fin respecto de la constitución de Bayona, cuya publicación y circulación tuvo efecto con su anuencia en 26 de julio. Animáronle a continuar en la negativa del pedido juramento los avisos confidenciales que ya llegaban del estado apurado de los franceses en Andalucía: por lo cual el 28 insistió en las razones alegadas, añadiendo nuevas de conciencia. A unas y a otras le hubiera la necesidad obligado a encontrar salida y someterse a lo que se le ordenaba, según antes había en todo practicado, si grandes acontecimientos allende la Sierra Morena no hubieran distraído de los escrúpulos del consejo y suscitado nuevos e impensados cuidados al gobierno intruso.