Carta de la reina de Etruria incluyendo otra de su madre la reina de España para el gran duque de Berg en Madrid a 26 de marzo de 1808.
«Señor mi hermano: mi madre me envía la adjunta carta para que os la remita y la conservéis. Hacednos la gracia, querido mío, de no abandonarnos: todas nuestras esperanzas están en vos. Concededme el consuelo de ir a ver a mis padres. Respondedme alguna cosa que nos alivie y no os olvidéis de una amiga que os ama de corazón. — María Luisa.»
P. D. — «Yo estoy enferma en la cama con algo de calentura por lo cual no me veréis fuera de mi habitación.»
Carta inclusa en la antecedente.
«Querida hija mía: decid al gran duque de Berg la situación del rey mi esposo, la mía y la del pobre príncipe de la Paz.
Mi hijo Fernando era el jefe de la conjuración: las tropas estaban ganadas por él; él hizo poner una de las luces de su cuarto en una ventana para señal de que comenzase la explosión. En el instante mismo los guardias y las personas que estaban a la cabeza de la revolución hicieron tirar dos fusilazos. Se ha querido persuadir que fueron tirados por la guardia del príncipe de la Paz, pero no es verdad. Al momento los guardias de Corps, los de infantería española y los de la valona se pusieron sobre las armas y sin recibir órdenes de sus primeros jefes convocaron a todas las gentes del pueblo y las condujeron adonde les acomodaba.
El rey y yo llamamos a mi hijo para decirle que su padre sufría grandes dolores, por lo que no podía asomarse a la ventana, y que lo hiciese por sí mismo a nombre del rey para tranquilizar al pueblo: me respondió con mucha firmeza que no lo haría porque lo mismo sería asomarse a la ventana que comenzar el fuego, y así no lo quiso hacer.
Después a la mañana siguiente le preguntamos si podría hacer cesar el tumulto y tranquilizar los amotinados, y respondió que lo haría, pues enviaría a buscar a los segundos jefes de los cuerpos de la casa real, enviando también algunos de sus criados con encargo de decir en su nombre al pueblo y a las tropas que se tranquilizasen: que también haría se volviesen a Madrid muchas personas que habían concurrido de allí para aumentar la revolución, y encargaría que no viniesen más.
Cuando mi hijo había dado estas órdenes fue descubierto el príncipe de la Paz. El rey envió a buscar a su hijo y le mandó salir adonde estaba el desgraciado príncipe, que ha sido víctima por ser amigo nuestro y de los franceses, y principalmente del gran duque. Mi hijo fue y mandó que no se tocase más al príncipe de la Paz y se le condujese al cuartel de guardias de Corps. Lo mandó en nombre propio, aunque lo hacía por encargo de su padre, y como si él mismo fuese ya rey dijo al príncipe de la Paz «Yo te perdono la vida.»
El príncipe a pesar de sus grandes heridas le dio gracias preguntándole si era ya rey. Esto aludía a lo que ya se pensaba en ello, pues el rey, el príncipe de la Paz y yo teníamos la intención de hacer la abdicación en favor de Fernando cuando hubiéramos visto al emperador y compuesto todos los asuntos, entre los cuales el principal era el matrimonio. Mi hijo respondió al príncipe: «No: hasta ahora no soy rey; pero lo seré bien pronto.» Lo cierto es que mi hijo mandaba todo como si fuese rey sin serlo y sin saber si lo sería. Las órdenes que el rey mi esposo daba no eran obedecidas.