Después debía haber en el día 19 en que se verificó la abdicación otro tumulto más fuerte que el primero contra la vida del rey mi esposo y la mía, lo que obligó a tomar la resolución de abdicar.

Desde el momento de la renuncia mi hijo trató a su padre con todo el desprecio que puede tratarlo un rey, sin consideración alguna para con sus padres. Al instante hizo llamar a todas las personas complicadas en su causa que habían sido desleales a su padre, y hecho todo lo que pudiera ocasionarle pesadumbres. El nos da priesa para que salgamos de aquí señalándonos la ciudad de Badajoz para residencia. Entretanto nos deja sin consideración alguna manifestando gran contento de ser ya rey, y de que nosotros nos alejemos de aquí.

En cuanto al príncipe de la Paz no quisiera que nadie se acordara de él. Los guardias que le custodian tienen orden de no responder a nada que les pregunte, y lo han tratado con la mayor inhumanidad.

Mi hijo ha hecho esta conspiración para destronar al rey su padre. Nuestras vidas hubieran estado en grande riesgo, y la del pobre príncipe de la Paz lo está todavía.

El rey mi esposo y yo esperamos del gran duque que hará cuanto pueda en nuestro favor, porque nosotros siempre hemos sido aliados fieles del emperador, grandes amigos del gran duque, y lo mismo sucede al pobre príncipe de la Paz. Si él pudiese hablar daría pruebas, y aun en el estado en que se halla no hace otra cosa que exclamar por su grande amigo el gran duque.

Nosotros pedimos al gran duque que salve al príncipe de la Paz, y que salvándonos a nosotros nos le dejen siempre a nuestro lado para que podamos acabar juntos tranquilamente el resto de nuestros días en un clima más dulce y retirados sin intrigas y sin mandos, pero con honor. Esto es lo que deseamos el rey y yo igualmente que el príncipe de la Paz, el cual estaría siempre pronto a servir a mi hijo en todo. Pero mi hijo (que no tiene carácter alguno, y mucho menos el de la sinceridad) jamás ha querido servirse de él y siempre le ha declarado guerra como al rey su padre y a mí.

Su ambición es grande y mira a sus padres como si no lo fuesen. ¿Qué hará para los demás? Si el gran duque pudiera vernos tendríamos grande placer y lo mismo su amigo el príncipe de la Paz que sufre porque lo ha sido siempre de los franceses y del emperador. Esperamos todo del gran duque, recomendándole también a nuestra pobre hija María Luisa que no es amada de su hermano. Con esta esperanza estamos próximos a verificar nuestro viaje. — Luisa.»

Nota de la reina de España para el gran duque de Berg en 27 de marzo de 1808.

«Mi hijo no sabe nada de lo que tratamos y conviene que ignore todos nuestros pasos. Su carácter es falso: nada le afecta: es insensible y no inclinado a la clemencia. Está dirigido por hombres malos y hará todo por la ambición que le domina; promete, pero no siempre cumple sus promesas.

Creo que el gran duque debe tomar medidas para impedir que al pobre príncipe de la Paz se le quite la vida, pues los guardias de Corps han dicho que primero lo matarán que entregarle vivo, aunque lo manden el emperador y el gran duque. Están llenos de rabia contra él, e inflaman a todos los pueblos, a todo el mundo y aun a mi hijo que defiere a ellos en todo. Lo mismo sucede relativamente al rey mi esposo y a mí. Nosotros estamos puestos en manos del gran duque y del emperador: le rogamos que tenga la complacencia de venir a vernos; de hacer que el pobre príncipe de la Paz sea puesto en salvo lo más pronto posible, y de concedernos todo lo demás que tenemos suplicado.