Nada le importa un sitio a quien sabe morir con honor, y más cuando ya conozco sus efectos en 61 días que duró la vez pasada. Si no supe rendirme entonces con menos fuerzas, no debe V. E. esperarlo ahora, cuando tengo más que todos los ejércitos que me rodean.
La sangre española vertida nos cubre de gloria; al paso que es ignominioso para las armas francesas haber vertido la inocente.
El Sr. mariscal del imperio sabrá que el entusiasmo de once millones de habitantes no se apaga con opresión, y que el que quiere ser libre lo es. No trato de verter la sangre de los que dependen de mi gobierno; pero no hay uno que no la pierda gustoso por defender su patria. Ayer las tropas francesas dejaron a nuestras puertas bastantes testimonios de esta verdad, no hemos perdido un hombre, y creo poder estar yo más en proporción de hablar al Sr. mariscal de rendición, si no quiere perder todo su ejército en los muros de esta plaza. La prudencia que le es tan característica y que le da el renombre de bueno, no podrá mirar con indiferencia estos estragos y más cuando ni la guerra, ni los españoles los causan ni autorizan.
Si Madrid capituló, Madrid habrá sido vendido, y no puedo creerlo; pero Madrid no es más que un pueblo, y no hay razón para que este ceda.
Solo advierto al Sr. mariscal que cuando se envía un parlamento no se hacen bajar dos columnas por distintos puntos, pues se ha estado a pique de romper el fuego, creyendo ser un reconocimiento más que un parlamento.
Tengo el honor de contestar a V. E., Sr. mariscal Moncey, con toda atención en el único lenguaje que conozco, y asegurarle mis más sagrados deberes. Cuartel general de Zaragoza 22 de diciembre de 1808. — El general Palafox.
Número [7-5].
Capitulación.
Artículo 1.º La guarnición de Zaragoza saldrá mañana 21 al mediodía de la ciudad con sus armas por la Puerta del Portillo, y las dejará a cien pasos de la puerta mencionada.
Art. 2.º Todos los oficiales y soldados de las tropas españolas prestarán juramento de fidelidad a S. M. católica el rey José Napoleón I.