No queriendo desperdiciar la ocasión, y valiéndose de la inquietud y sobresalto del enemigo, pensó el marqués del Palacio en socorrer a Gerona. Al efecto y creyendo que por sí y los somatenes podría distraer bastantemente la atención de Lecchi, dispuso que el conde de Caldagués saliese de Martorell el 6 de agosto con tres compañías de Soria y una de granaderos de Borbón, alrededor de cuyo núcleo esperaba que se agruparían los somatenes del tránsito. Así sucedió, agregándose sucesivamente Miláns, Clarós y otros al conde de Caldagués, que se encaminó por Tarrasa, Sabadell y Granollers a Hostalrich. El 15 se aproximaron todos a Gerona, y en Castellá, celebrándose un consejo de guerra y de concierto con los de la plaza, se resolvió atacar a los franceses al día siguiente. Contaban los españoles 10.000 hombres, por la mayor parte somatenes.
Veamos ahora lo que allí había ocurrido desde que el enemigo la había embestido en los últimos días de julio. El número de los sitiadores, si no se ha olvidado, ascendía a cerca de 9000 hombres; el de los nuestros, dentro del recinto, a 2000 veteranos, y además el vecindario, muy bien dispuesto y entusiasmado. Los franceses, fuese desacuerdo entre ellos, fuesen órdenes de Francia, o más bien el trastorno que les causaban las nuevas que recibían de todas las provincias de España, continuaron lentamente sus trabajos sin intentar antes del 12 de agosto ataque formal. Atacan
los franceses
a Gerona
el 13 de agosto. Aquel día intimaron la rendición, y desechadas que fueron sus proposiciones rompieron el fuego a las doce de la noche del 13. Aviváronle el 14 y 15, acometiendo con particularidad del lado de Monjuich, nombre que se da, como en Barcelona, a su principal fuerte. Adelantaban en la brecha los enemigos, y muy luego hubiera estado practicable, si los sitiados, trabajando con ahinco y guiados por los oficiales de Ultonia, no se hubiesen empleado en su reparo.
Apurados, sin embargo, andaban a la sazón que el conde de Caldagués, colocado con su división en las cercanías, Son derrotados
el 16. trató, estando todos de acuerdo, de atacar en la mañana del 16 las baterías que los sitiadores habían levantado contra Monjuich. Mas era tal el ardimiento de los soldados de la plaza, que sin aguardar la llegada de los de Caldagués, y mandados por Don Narciso de la Valeta, Don Enrique O’Donnell y Don Tadeo Aldea, se arrojaron sobre las baterías enemigas, penetraron hasta por sus troneras, incendiaron una, se apoderaron de otra y quemaron sus montajes. Hízose luego general la refriega: duró hasta la noche quedando vencedores los españoles, no obstante la superioridad del enemigo en disciplina y orden. Levantan el sitio. Escarmentados los franceses abandonaron el sitio, y volviéndose Reille al siguiente día a Figueras, enderezó Duhesme sus pasos camino de Barcelona. Pero este no atreviéndose a repasar por Hostalrich ni tampoco por la marina, ruta en varios puntos cortada y defendida con buques ingleses, se metió por en medio de los montes perdiendo carros y cañones, cuyo transporte impedían lo agrio de la tierra y la celeridad de la marcha. Llegó Duhesme dos días después a la capital de Cataluña con sus tropas hambrientas y fatigadas y en lastimoso estado. Terminose así su segunda expedición contra Gerona, no más dichosa ni lucida que la primera.
Portugal.
Llevada en España a feliz término esta que podemos llamar su primer campaña, será bien volver nuestra vista a la que al propio tiempo acabaron los ingleses gloriosamente en Portugal.
Estado de aquel
reino y de su
insurrección.
Había aquel reino proseguido en su insurrección, y padecido bastantemente algunos de sus pueblos con la entrada de los franceses. Cupo suerte aciaga a Leiría y Nazareth, habiendo sido igualmente desdichada la de la ciudad de Évora. Era en Portugal difícil el arreglo y unión de todas sus provincias por hallarse interrumpidas las comunicaciones entre las del norte y mediodía, y arduo por tanto establecer un concierto entre ellas para lidiar ventajosamente contra los franceses. La junta de Oporto, animada de buen celo, mas desprovista de medios y autoridad, procedía lentamente en la organización militar, y de Galicia con escasez y tarde le llegaron cerca de 2000 hombres de auxilio. La junta de Extremadura envió por su lado una corta división a las órdenes de Don Federico Moreti, con cuya presencia se fomentó el alzamiento del Alentejo en tal manera grave a los ojos de Junot, que dio orden a Loison para pasar prontamente a aquella provincia, desamparando la Beira, en donde este general estaba, después de haber inútilmente pisado los lindes de Salamanca y las orillas de Duero. Supieron portugueses y españoles que se acercaban los enemigos, y al mando aquellos del general Francisco de Paula Leite, Évora. y los nuestros al del brigadier Moreti, los aguardaron fuera de las puertas de Évora, dentro de cuyos muros se había instalado la junta suprema de la provincia. Era el 29 de julio, y las tropas aliadas no ofreciendo sino un conjunto informe de soldados y paisanos mal armados y peor disciplinados, se dispersaron en breve, recogiéndose parte de ellos a la ciudad. Los enemigos avanzaron, mas tuvieron dentro que vencer la pertinaz resistencia de los vecinos y de muchos de los españoles refugiados allí después de la acción, y que, guiados por Moreti y sobre todo por Don Antonio María Gallego, disputaron a palmos algunas de las calles. El último quedó prisionero. La ciudad fue entregada por el enemigo a saco, desahogando este horrorosamente su rabia en casas y vecinos. Moreti con el resto de su tropa se acogió a la frontera de Extremadura. En ella y en la plaza de Olivenza reunía los dispersos el general Leite. También al mismo tiempo se ocupaba en el Algarbe el conde de Castromarín en allegar y disciplinar reclutas; mas tan loables esfuerzos así de esta parte como otros parecidos en la del norte de Portugal, no hubieran probablemente conseguido el anhelado objeto de libertar el suelo lusitano de enemigos sin la pronta y poderosa cooperación de la Gran Bretaña.
Expedición
inglesa enviada
a Portugal.
Desde el principio de la insurrección española había pensado aquel gobierno en apoyarla con tropas suyas. Así se lo ofreció a los diputados de Galicia y Asturias en caso que tal fuese el deseo de las juntas; mas estas prefirieron a todo los socorros de municiones y dinero, teniendo por infructuoso, y aun quizá perjudicial, el envío de gente. Era entonces aquella opinión la más acreditada, y fundábase en cierto orgullo nacional loable, mas hijo en parte de la inexperiencia. Daba fuerza y séquito a dicha opinión el desconcepto en que estaban en el continente las tropas inglesas, por haberse hasta entonces malogrado desde el principio de la revolución francesa casi todas sus expediciones de tierra. Sin embargo al paso que amistosamente no se admitió la propuesta, se manifestó que si el gobierno de S. M. B. juzgaba oportuno desembarcar en la península alguna división de su ejército, sería conveniente dirigirla a las costas de Portugal, en donde su auxilio serviría de mucho a los españoles poniéndoles a salvo de cualquier empresa de Junot.
Abrazó la idea el ministerio inglés, y una expedición preparada antes de levantarse España, y según se presume contra Buenos Aires, mudó de rumbo, y recibió la orden de partir para las costas portuguesas. Púsose a su frente al teniente general Sir Arthur Wellesley, conocido después con el nombre de duque de Wellington, y de quien daremos breve noticia, siendo muy principal el papel que representó en la guerra de la península.