Sir Arthur
Wellesley.
Cuarto hijo Sir Arthur del vizconde Wellesley, conde de Mornington, había nacido en Irlanda en 1769, el mismo año que Napoleón. De Eton pasó a Francia, y entró en la escuela militar de Angers para instruirse en la profesión de las armas. Comenzó su carrera en la desastrada campaña que en 1793 acaudilló en Holanda el duque de York, donde se distinguió por su valor. Detenido a causa de temporales, no se hizo a la vela para América en 95, según lo intentaba, y solo en 97 se embarcó con dirección a opuestas regiones, yendo a la India oriental en compañía de su hermano mayor el marqués de Wellesley, nombrado gobernador. Se aventajó por su arrojo y pericia militar en la guerra contra Tipoo-Saib y los Máratas, ganándoles con fuerzas inferiores la batalla decisiva de Assaye. En 1805 de vuelta a Inglaterra tomó asiento en la cámara de los comunes, y se unió al partido de Pitt. Nombrado secretario de Irlanda, capitaneó después la tropa de tierra que se empleó en la expedición de Copenhague. Hombre activo y resuelto al paso que prudente, gozando ya de justo y buen concepto como militar, sobremanera aumentó su fama en las venturosas campañas de la península española.
Sale
la expedición
de Cork.
Contaba ahora la expedición de su mando 10.000 hombres, los que bien provistos y equipados dieron la vela de Cork el 12 de julio. Al emparejar con la costa de España paráronse delante de la Coruña, en donde desembarcó el 20 su general Wellesley. Andaba a la sazón aquella junta muy atribulada con la rota de Rioseco, y nunca podrían haber llegado más oportunamente los ofrecimientos ingleses en caso de querer admitirlos. Reiterolos su jefe, pero la junta insistió en su dictamen, y limitándose a pedir socorros de municiones y dinero, indicó como más conveniente el desembarco en Portugal. Prosiguieron pues su rumbo, y poniéndose de acuerdo el general de la expedición con Sir Carlos Cotton, Desembarca
en Mondego. que mandaba el crucero frente de Lisboa, determinó echar su gente en tierra en la bahía de Mondego, fondeadero el más acomodado.
No tardó Wellesley en recibir aviso de que otras fuerzas se le juntarían, entre ellas las del general Spencer, antes en Jerez y Puerto de Santa María, y también 10.000 hombres procedentes de Suecia al mando de Sir Juan Moore. Reunidas que fuesen todas estas tropas con otros cuerpos sueltos, debían ascender en su totalidad a 30.000 hombres inclusos 2000 de caballería; pero con noticia tan placentera recibió otra el general Wellesley por cierto desagradable. Era pues que tomaría el mando en jefe del ejército Sir H. Dalrymple, haciendo de segundo bajo sus órdenes Sir H. Burrard. Recayó el nombramiento en el primero porque habiendo seguido buena correspondencia con Castaños y los españoles, se creyó que así se estrecharían los vínculos entre ambas naciones con la cumplida armonía de sus respectivos caudillos.
No obstante la mudanza que se anunciaba, prevínose al general Wellesley que no por eso dejase de continuar sus operaciones con la más viva diligencia. Autorizado este con semejante permiso, y quizá estimulado con la espuela del sucesor, trató sin dilación de abrir la campaña. Desembarcadas ya todas sus tropas en 5 de agosto, y arribando con las suyas el mismo día el general Spencer, pusiéronse el 9 en marcha hacia Lisboa. El 12 se encontraron en Leiría con el general portugués Bernardino Freire que mandaba 6000 infantes y 600 caballos de su nación. No se avinieron ambos jefes. Desaprobaba el portugués la ruta que quería tomar el británico, temeroso de que descubierta Coimbra fuese acometida por el general Loison, quien de vuelta ya del Alentejo había entrado en Tomar. Por tanto permaneció por aquella parte, cediendo solamente a los ingleses 1400 hombres de infantería y 250 de caballería que se les incorporaron. Wellesley prosiguió adelante, y el 15 avanzó hasta Caldas.
Estado de Junot
y sus
disposiciones.
El desembarco de sus tropas había excitado en Lisboa y en todos los pueblos extremado júbilo y alegría, enflaqueciendo el ánimo de Junot y los suyos. Preveían su suerte, principalmente estando ya noticiosos de la capitulación de Dupont y retirada de José al Ebro. Derramadas sus fuerzas no ofrecían en ningún punto suficiente número para oponerse a 15.000 ingleses que avanzaban. Tomó sin embargo Junot providencias activas para reconcentrar su gente en cuanto le era dable. Ordenó a Loison dirigirse a la Beira y flanquear el costado izquierdo de sus contrarios, y a Kellermann que ahuyentando las cuadrillas de paisanos de Alcácer do Sal y su comarca evacuase a Setúbal y se le uniese. Negose a prestarle ayuda Siniavin, almirante de la escuadra rusa, fondeada en el Tajo, no queriendo combatir a no ser que acometiesen el puerto los buques ingleses.
Tampoco descuidó Junot celar que se mantuviese tranquila la populosa Lisboa, y para ello en nada acertó tanto como en dejar su gobierno al cuidado del general Travot, de todos querido y apreciado por su buen porte. Custodiáronse con particular esmero los españoles que yacían en pontones, y se atendió a conservar libres las orillas del Tajo. Los franceses allí avecindados se mostraron muy aficionados a los suyos, y deseosos de su triunfo formaron un cuerpo de voluntarios. El conde de Bourmont y otros emigrados, a quienes durante la revolución se habían prodigado en Lisboa favores y consuelo, se unieron a sus compatriotas solicitando con instancia el mencionado conde que se le emplease en el estado mayor.
Tomadas estas disposiciones, pareciole a Junot ser ocasión de ponerse a la cabeza de su ejército, e ir al encuentro de los ingleses. Pero antes habían estos venido a las manos cerca de Roliça con el general Delaborde, quien saliendo de Lisboa el 6 de agosto y juntándose en Óbidos con el general Thomières y otros destacamentos, había avanzado a aquel punto al frente de 5000 hombres.