Su composición.
Los vocales pertenecían a honrosas y principales clases del estado, contándose entre ellos eclesiásticos elevados en dignidad, cinco grandes de España, varios títulos de Castilla, antiguos ministros y otros empleados civiles y militares. Sin embargo casi todos antes de la insurrección eran como repúblicos, desconocidos en el reino, fuera de Don Antonio Valdés, del conde de Floridablanca y de Don Gaspar Melchor de Jovellanos. El primero muchos años ministro de marina mereció, al lado de leves defectos, justas alabanzas por lo mucho que en su tiempo se mejoró y acrecentó la armada y sus dependencias. Los otros dos de fama más esclarecida requieren de nuestra pluma particular mención, por lo que haremos de sus personas un breve y fiel traslado.
Floridablanca.
A los ochenta años cumplidos de su edad Don José Moñino, conde de Floridablanca, aunque trabajado por la vejez y achaques, conservaba despejada su razón y bastante fortaleza para sostener las máximas que le habían guiado en su largo y señalado ministerio. De familia humilde de Hellín en Murcia, por su aplicación y saber había ascendido a los más eminentes puestos del estado. Fiscal del consejo real, y en unión con su ilustre compañero el conde de Campomanes, había defendido atinada y esforzadamente las regalías de la corona contra los desmanes del clero y desmedidas pretensiones de la curia romana. Por sus doctrinas y por haber cooperado a la expulsión de los jesuitas se le honró con el cargo de embajador cerca de la Santa Sede, en donde contribuyó a que se diese el breve de supresión de la tan nombrada sociedad, y al arreglo de otros asuntos igualmente importantes. Llamado en 1777 al ministerio de estado, y encargado a veces del despacho de otras secretarías, fue desde entonces hasta la muerte de Carlos III, ocurrida en 1788, árbitro, por decirlo así, de la suerte de la monarquía. Con dificultad habrá ministro a un tiempo más ensalzado ni más deprimido. Hombre de capacidad, entero, atento al desempeño de su obligación, fomentó en lo interior casi todos los ramos, construyó caminos, y erigió varios establecimientos de pública utilidad. Fuera de España si bien empeñado en la guerra impolítica y ruinosa de la independencia de los Estados Unidos, emprendida según parece mal de su grado, mostró a la faz de Europa impensadas y respetables fuerzas, y supo sostener entre las demás la dignidad de la nación. Censurósele y con justa causa el haber introducido una policía suspicaz y perturbadora, como también sobrada afición a persecuciones, cohonestando con la razón de estado tropelías hijas las más veces del deseo de satisfacer agravios personales. Quizá los obstáculos que la ignorancia oponía a medidas saludables irritaban su ánimo poco sufrido: ninguna de ellas fue más tachada que la junta llamada de estado, y por la que los ministros debían de común acuerdo resolver las providencias generales y otras determinadas materias. Atribuyósele a prurito de querer entrometerse en todo y decidir con predominio. Sin embargo la medida en sí y los motivos en que la fundó, no solo le justificaban sino que también por ella sola se le podría haber calificado de práctico y entendido estadista. Después del fallecimiento de Carlos III continuó en su ministerio hasta el año de 1792. Arredrado entonces con la revolución francesa, y agriado por escritos satíricos contra su persona, propendió aún más a la arbitrariedad a que ya era tan inclinado. Pero ni esto, ni el conocimiento que tenía de la corte y sus manejos, le valieron para no ser prontamente abatido por Don Manuel Godoy, aquel coloso de la privanza regia, cuyo engrandecimiento, aunque disimulaba, veía Floridablanca con recelo y aversión. Desgraciado en 1792, y encerrado en la ciudadela de Pamplona, consiguió al cabo que se le dejase vivir tranquilo y retirado en la ciudad de Murcia. Allí estaba en el mayo de la insurrección, y noblemente respondió al llamamiento que se le hizo, siendo falsas las protestas que la malignidad inventó en su nombre. Afecto en su ministerio a ensanchar más y más los límites de la potestad real rompiendo cuantas barreras quisieran oponérsele, había crecido con la edad el amor a semejantes máximas, y quiso como individuo de la central que sirviesen de norte al nuevo gobierno, sin reparar en las mudanzas ocasionadas por el tiempo, y en las que reclamaban escabrosas circunstancias.
Jovellanos.
Atento a ellas y formado en muy diversa escuela seguía en su conducta la vereda opuesta Don Gaspar Melchor de Jovellanos, concordando sus opiniones con las más modernas y acreditadas. Desde muy mozo había sido nombrado magistrado de la audiencia de Sevilla: ascendiendo después a alcalde de casa y corte y a consejero de órdenes, desempeñó estos cargos y otros no menos importantes con integridad, celo y atinada ilustración. Elevado en 1797 al ministerio de gracia y justicia, y no pudiendo su inflexible honradez acomodarse a la corrompida corte de María Luisa, recibió bien pronto su exoneración. Motivola con particularidad el haber procurado alejar de todo favor e influjo a Don Manuel Godoy, con quien no se avenía ningún plan bien concertado de pública felicidad. Quiso al intento aprovecharse de una coyuntura en que la reina se creía desairada y ofendida. Mas la ciega pasión de esta, despertada de nuevo con el artificioso y reiterado obsequio de su favorito, no solo preservó al último de fatal desgracia, sino que causó la del ministro y sus amigos. Desterrado primero a Gijón, pueblo de su naturaleza, confinado después en la cartuja de Mallorca, y al fin atropelladamente y con crueldad encerrado en el castillo de Bellver de la misma isla, sobrellevó tan horrorosa y atroz persecución con la serenidad y firmeza del justo. Libertole de su larga cautividad el levantamiento de Aranjuez, y ya hemos visto cuán dignamente al salir de ella desechó las propuestas del gobierno intruso, por cuyo noble porte y sublime y reconocido mérito le eligió Asturias para que fuese en la central uno de sus dos representantes. Escritor sobresaliente y sobre todo armonioso y elocuentísimo, dio a luz como literato y como publicista obras selectas, siendo en España las que escribió en prosa de las mejores si no las primeras de su tiempo. Protector ilustrado de las ciencias y de las letras fomentó con esmero la educación de la juventud, y echó en su instituto asturiano, de que fue fundador, los cimientos de una buena y arreglada enseñanza. En su persona y en el trato privado ofrecía la imagen que nos tenemos formada de la pundonorosa dignidad y apostura de un español del siglo XVI, unida al saber y exquisito gusto del nuestro. Achacábanle afición a la nobleza y sus distinciones; pero sobre no ser extraño en un hombre de su edad y nacido en aquella clase, justo es decir que no procedía de vano orgullo ni de pueril apego al blasón de su casa, sino de la persuasión en que estaba de ser útil y aun necesario en una monarquía moderada el establecimiento de un poder intermedio entre el monarca y el pueblo. Así estuvo siempre por la opinión de una representación nacional dividida en dos cámaras. Suave de condición, pero demasiadamente tenaz en sus propósitos, a duras penas se le desviaba de lo una vez resuelto, al paso que de ánimo candoroso y recto solía ser sorprendido y engañado, defecto propio del varón excelente que [como decía Cicerón,[*] (* Ap. n. [6-2].) su autor predilecto] «dificilísimamente cae en sospecha de la perversidad de los otros.» Tal fue Jovellanos, cuya nombradía resplandecerá y aun descollará entre las de los hombres más célebres que han honrado a España.
Diversos partidos
en la central.
Fija de antemano la atención nacional en los dos respetables varones de que acabamos de hablar, siguieron los individuos de la central el impulso de la opinión, arrimándose los más a uno u a otro de dichos dos vocales. Pero como estos entre sí disentían, dividiéronse los pareceres, prevaleciendo en un principio y por lo general el de Floridablanca. Con su muerte y las desgracias, no dejó más adelante de triunfar a veces el de Jovellanos, ayudado de Don Martín de Garay, cuyas luces naturales, fácil despacho y práctica de negocios le dieron sumo poder e influjo en las deliberaciones de la junta.
Pero a uno y otro partido de los dos, si así pueden llamarse, en que se dividió la central, faltábales actividad y presteza en las resoluciones. Floridablanca anciano y doliente, Jovellanos entrado también en años y con males, avezados ambos a la regularidad y pausa de nuestro gobierno, no podían sobreponerse a la costumbre y a los hábitos en que se habían criado y envejecido. Su autoridad llevaba en pos de sí a los demás centrales, hombres en su mayoría de probidad, pero escasos de sobresalientes o notables prendas. Dos o tres más arrojados y atrevidos, entre los que principalmente sonaba Don Lorenzo Calvo de Rozas, acreditado en el sitio de Zaragoza, querían en vano sacar a la junta de su sosegado paso. No era dado a su corto número ni a su anterior y casi desconocido nombre vencer los obstáculos que se oponían a sus miras.
Así fue que en los primeros meses siguiendo la central en materias políticas el dictamen de Floridablanca, y no asistiéndole ni a él ni a Jovellanos para las militares y económicas el vigor y pronta diligencia que la apretada situación de España exigía, con lástima se vio que el nuevo gobierno obrando con lentitud y tibieza en la defensa de la patria, y ocupándose en pormenores, recejaba en lo civil y gubernativo a tiempos añejos y de aciaga recordación.